Me dice Vanesa que el otro día dio una charla en el Instituto Cirenaico sobre el derecho al placer, cosa de airear el hedonismo ateo de La Metrie, y que luego se pasó la noche rechazando proposiciones, porque, y se ríe, estaremos en el siglo veintiuno, pero aún hay quien considera que una mujer que reclama su derecho a gozar está pidiendo a gritos que le metas mano ya y tú. Yo asiento y retiro la mano de la mesa en un acto reflejo que me avergüenza. «Y resulta que soy profesora de Filosofía y no una hetaira griega. Con mi cuerpo hago lo que quiero, pero no lo expongo. Lo que planteo es un tema filosófico: el materialismo que lleva al placer frente al idealismo que nos hace frustrados y acaba en nada, porque nada es el fin de todo».
Estoy sentado con Vanesa en la noche de octubre, escuchamos el ruido de las olas que no vemos, ya vamos por el segundo güisqui y yo me siento confundido ante esta mujer de labios de diseño porque no sé si me atreveré a tocarla porque no sé si estaré a su altura porque la cultura le ha hecho crecer las tetas porque la inteligencia hace bellas a las mujeres que no lo eran y divinas a las que lo eran y, en fin, porque un rechazo, por elegante que fuera, hundiría para siempre en la más profunda sima de mi subconsciente el poco impulso sensual que me queda tras décadas provincianas de vacas flacas comiéndose sin piedad a las vacas gordas. Tan es así que estoy a punto de levantarme de la mesa y echar a correr hacia el abismo gritando que, Vanesa, que no soy digno de que entres en mi morada, pero lo que hago es hacer como si hubiera sonado mi móvil, que no.
«¿Te ocurre algo?», me dice, y yo debería contestar que sí, que ocurre que la deseo, pero no acierto con el gesto y menos con la palabra y digo que no, que nada. Crece la marea y me gustaría ser el hombre invisible y seguir a Vanesa y sorprenderla acariciándose mientras grita mi nombre. «Hace frío», me dice desde sus ojos de materialista hedonista, así que pago la consumición, la llevo hasta el portal y apenas esbozo un beso de despedida, y cuando ella cierra la puerta me esfuerzo en hacerme invisible para ver como se descalza, de verdad que me concentro en hacerme invisible, pero no lo consigo.