Predica un lema bien conocido: «Quiero ser la voz de los que no tienen voz». Y en su caso, la teoría y el trigo van juntos. Mary Robinson (condado de Mayo, Irlanda, 1944), licenciada en Derecho por la Universidad de Harvard en los años de las revueltas estudiantiles contra la guerra de Vietnam, accedió a la presidencia de la República de Irlanda en 1990 y ha estado detrás de los movimientos sociales emancipatorios de su país, participando asimismo en primera línea en el proceso de paz de Irlanda del Norte. Comisaria de la ONU para los Derechos Humanos, allí dejó oír su clara voz frente a los gobiernos de los países más poderosos. En la actualidad, es vicepresidenta del Club de Madrid y miembro de la Iniciativa por una Globalización Ética.
Ayer en el hotel de la Reconquista, habló de su «profunda vinculación con España, por la que siento una gran admiración en su última etapa, muy parecida a la nuestra». Uno de sus hijos vive en Barcelona.
En cuanto a las posibles similitudes entre el proceso de paz de Irlanda del Norte y el que aquí se sigue en el País Vasco, explicó que «cada país es único en su experiencia, pero creo que en el País Vasco el proceso será lento y difícil, sobre todo para las víctimas y sus familias, que pueden pensar que su dolor queda postergado. Se ha de hacer un esfuerzo por incluirlas en el proceso. Será necesario mucho coraje moral, habrá obstáculos que requerirán paciencia. Sin embargo, merecerá la pena si se obtiene el éxito que yo le deseo. En nuestro país, hemos logrado que haya una nueva generación que ya se ha olvidado de la violencia».
Por lo que respecta a la globalización, consideró que «es muy importante priorizar y entender que fenómenos como la inmigración obedecen a factores de empuje y arrastre». A su juicio, la globalización ha ayudado a algunos países, citando los casos de China y la India; «pero hay otras 54 naciones que han ido hacia atrás». El motivo sería que «la ideología que sostiene la globalización alimenta un sistema injusto. En algunos países pobres, se han privatizado sistemas sanitarios y educativos que ya eran muy débiles, con resultados todavía peores. Es la filosofía liberal, que si parece buena para Estados Unidos, puede ser mala para otros».
Por todo ello, abogó en favor de «una globalización más ética», que implica a múltiples organismos internacionales, que agrande el Consejo de Seguridad de la ONU, el cual permanece con los equilibrios resultantes de 1945; al tiempo que se modifican criterios de la Organización Mundial del Comercio o del Fondo Monetario Internacional. Y apeló a «una mayor implicación del sector privado, que puede ejercer influencias en un sentido positivo».
Acerca de su presidencia en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, confesó no estar arrepentida de haber denunciado de forma abierta las torturas de los norteamericanos en Guantánamo o en Abu Graib. «Ahora, hay abogados que defienden a los presos y personas cultas que mantienen esas mismas posiciones».
El corolario era evidente: «Se ha de combatir el terrorismo, pero respetando la ley y los derechos».