No por reiterativo deja de tener seguidores el eterno debate entre figuración y abstracción, tal como pretende plantear la exposición 'Contrastes' que presenta estos días la galería Gema Llamazares. Dos pintores dispares, Manolo Ballesteros y Miguel Macaya, que buscan similares equilibrios. Sin ningún rasgo formal o conceptual que los una, sus obras definen cierta búsqueda de la sobriedad y de lo esencialmente plástico.
Ballesteros lo hace desde el goce expresivo, desde la sensualidad, la experimentación con distintas atmósferas y la poética del gesto contenido. Es un pintor que se muestra alejado de estridencias cromáticas, cercano al vacío y la elegancia estructural. Macaya hace lo mismo, pero partiendo de la relectura de la tradición pictórica española y los claroscuros goyescos, que alterna eficazmente con algunos guiños a la magia de Rembrandt e, incluso, a la pobreza matérica de las naturalezas muertas del mejor Morandi, siempre lejos de lo decorativo. Gruesos empastes, luces focalizadas y síntesis extrema donde lo que importa, al menos en apariencia, son la verdad y la pintura pura.