Domingo, 22 de octubre de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA

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«Esti mozu ye un pinu»
Los sareganos se echaron a la calle para dar y recibir el cariño del Príncipe en una jornada de saludos, autógrafos y sonrisas con un lamento general: la ausencia de doña Letizia
«Esti mozu ye un pinu»
SALUDOS. El Príncipe estrecha la mano a algunos de los paisanos en lo alto de la plaza del pueblo. / PABLO NOSTI
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Apretones de manos, muchas sonrisas y decenas de autógrafos. Todo ello codo a codo con don Felipe. Algunos ni se lo creían, pero así transcurrió la mañana en Sariego, el municipio que este año ha recibido el Premio al Pueblo Ejemplar de Asturias de la Fundación Príncipe. Y en el aire un lamento en el que todos los presentes coincidieron: «¿Qué pena que no esté doña Letizia!», comentó Charo Rivero de Villaviciosa haciéndose eco del sentir general. Su ausencia, sin embargo, no empañó un momento único. «Siempre estamos viéndolo por la tele, aquí no viene tanto y eso que es el Príncipe de Asturias. Y además se ha casado con una de Oviedo, más motivos para que estemos contentas», decía Clementina Torres dos horas antes de su llegada. Normal, ya se intuía en el ambiente que allí no sólo habría sareganos y que lo mejor era ir cogiendo sitio cuanto antes, por si las moscas. Por supuesto, la ocasión merecía las mejores galas. La elegancia fue la máxima de casi todos los asistentes. Vestidos y trajes se llevaron la palma. Y es que, como dice Argentino Hortal, vecino de Millares, «para una vez que tenemos al Príncipe para nosotros solos, hay que ponerse guapos».

Si la coquetería fue generalizada, sólo algunas personas apostaron también por la comodidad a la hora de hacer tiempo. Es el caso de María Pilar Martínez, de Carbayín, que junto a su marido Paco Villa y sus tres nietos, había llegado al municipio a las diez de la mañana con una silla plegable para hacer más amena la espera. «Me han operado de la pierna y me canso si estoy mucho tiempo de pie». A pesar de que generalmente van a ver a los Príncipes al Campoamor, esta vez lo dejaron pasar y fueron los nietos quienes insistieron en ver a don Felipe. Dicho y hecho, aunque pasadas las once de la mañana, el hambre apretaba y Paco exigía un tentempié: «Haber si ponen algo de pincheo», reía. Sus quejas no serían por mucho tiempo. Minutos más tarde, el príncipe don Felipe acaparaba todas las miradas. Eran las doce del mediodía y ni que decir tiene que, cuando asomó la cabeza, María Pilar se puso en pie para no perder detalle. Mientras, Borja Villa, el más chiquitín de la familia, dormía plácidamente en la sillita, ajeno a todo el ajetreo de flashes, móviles y aplausos.

Aplausos que no cesaron durante el corto recorrido hasta la plaza del pueblo donde tendría lugar el primer acto. Muchos 'Enhorabuenas', por el embarazo de doña Letizia, y varios gritos llamando su atención. Nadie quiso perderse la oportunidad de saludar a don Felipe. Así lo hizo, por ejemplo, Marié Parajón, que con apenas cuatro añitos -los cumplirá en diciembre-, vestida con un traje regional y subida a hombros, dio la manita al Heredero. Otros que no perdieron el tiempo fueron José Luis Fano y Celsi Villabona. Visiblemente emocionados, aseguraban que «ha sido un inmenso placer darle la mano. Es una lástima no habérsela podido estrechar a la princesa Letizia».

Tras el acto institucional, don Felipe repartió saludos por el flanco que había descuidado antes. Y, claro, los sareganos lo agradecieron con fervor. Y los no sareganos, también. Mari Carmen Olivera García, de Oviedo y residente en Mieres, y su hermana Ana arrancaron del Borbón una de las primeras firmas de la tarde. Y quizá una de las más especiales: se trataba de un obsequio de asistencia a la boda de los Príncipes. Así que el diálogo estaba servido: «Me preguntó que si no me había mojado durante la celebración del enlace. Es majísimo y muy agradable», dice enfundada en una bandera del Principado. Lo cierto es que desde que acudieron a la boda «estaba intentando acercarme a él para que me lo firmara». Y aunque el presidente Vicente Álvarez Areces les advirtió de que era muy difícil, lo consiguieron. Se atrevieron también a valorar el discurso: «Dijo unas palabras preciosas pero estaba un poco afónico».

Fue el inicio del camino hacia el campo de fútbol del municipio, donde tuvo lugar la exhibición de deportes tradicionales. «¿Felipe!, ¿Felipe!, por aquí», gritaban niños y adultos con la esperanza de saludarlo a su paso. Selene Pérez Sánchez, de nueve años, fue de las más afortunadas. «De pronto, se ha puesto a mi lado y ha posado junto a mí. Es muy majo y me gusta todo de él». Su abuelo Isidro lo corroboraba: «Para estas cosas es único».

Hubo hasta quien se echó a llorar por la emoción. A las siete de la mañana se habían levantado Carmen, Joaquina, Pilar y Eloína, que venían desde Paredes, en el concejo de Valdés. Esta última no logró reprimir sus lágrimas: «Estoy muy emocionada. Le he dado la enhorabuena por lo del niño. Tenía muchas ganas de verlo porque es un chico que sabe escuchar, se parece mucho a su padre», dijo quien aseguró conocer a la infanta Elena por cuestiones de trabajo.

El contraste

Seguido por la multitud, don Felipe llegó al lugar de la exhibición. El acabose se produjo cuando él mismo inició la corta de tronzón. «¿Venga valiente! ¿Ánimo Felipe!», gritó un público expectante que al finalizar llenó de aplausos el recinto. Ya lo decía Rafael Fernández, originario del municipio: «Seguro que lo hace bien, tiene buen porte el tío». De similar opinión es María Jesús Ordiales Cifuentes: «Esti mozu ye un pinu», decía ella observando la figura del Heredero.

El contraste tenía lugar en la cantina del campo de fútbol. Mientras los demás veían al Príncipe a escasos metros de distancia, Joaquín Palacios observaba por la televisión lo que sucedía tras el cristal del bar: «Bueno, tenemos que ayudarnos entre todos. Somos tres y nos estamos turnando para salir a verlo porque ésta será, muy probablemente, la única vez que venga aquí», explicaba.

Tesoros

Lejos del mundo laboral, José Manuel, de doce años, no se lo pensó mucho. En cuanto acabó la exhibición, cogió uno de los discos de madera que había serrado José Riesgo, campeón de Asturias en la corta de tronzón individual, y raudo y veloz, lo llevó hasta el Príncipe. ¿El objetivo? Conseguir que se lo firmara. Algo que don Felipe hizo encantado a la salida de la Casa de Cultura de Vega de Sariego. «Lo guardaré como un tesoro», dijo el joven.

Por su parte, Eduardo, de once años y un tanto más ortodoxo, quiso su autógrafo en una libreta pequeña de hojas blancas. Encantado y nervioso, acertó a decir que iba a enmarcarlo. A buen seguro, Sariego entero estaba ayer como para ponerle un marco.

 
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