NUEVO fragmento del 'Diccionario del disparate', ofrecido por cortesía de su autor, el lexicógrafo apodado Dascoíte:
Aller: hermoso concejo asturiano («¿cuál no lo ye, ho?») que, como su propio nombre indica, está jalonado de huellas del pasado, entre las que se citan una calzada romana y la iglesia de San Vicente de Serrapio, cuya inscripción fundacional data de 922.
Canapié: aplícase fundamentalmente al pincho de queso de Cabrales.
Evidente: dícese de la vidente obvia, cual es el caso de la llamada Morgana la Fata, esa que asegura cosas como que los nacidos bajo el signo de Piscis somos unos escamones, o que los del Partido Popular de Gijón no se llevan nada bien.
Hambre: combustible de las pateras y cayucos utilizados por los pobres que vienen dispuestos a sustituirlo por la gasolina de la 'saciedad' de consumo.
Júbilo: viva alegría, cuya causa principal suele ser la contemplación del mal ajeno.
Kantera: lugar que proporciona abundantes personas con una capacidad específica para ejercer como filósofos. En el Principado es muy celebrada la de la Escuela Peripatética de Caleya, de donde salieron pensadores como Dalmacio el Cínico, Tomás de Aquisí o Fredo Kierkagar.
Notorio: así era conocido aquel notario que acabó dando fe de todo lo que veía mientras exclamaba: «¿a fe mía!».
Premioso: galardón honorario otorgado por los republicanos al oso que mató al rey Favila.
Sir: tratamiento honorífico inglés. Hogaño resulta un tanto anecdótico, pero antaño era un asunto de tanta importancia que Shakespeare hizo decir a uno de sus personajes más emblemáticos esta frase: «Sir o no sir, he ahí la cuestión».
Soltero: cuando le preguntan la razón de su soltería al historiador Polibio de Peñamellera Alta, responde tal que así: «Porque el amor agrada más que el matrimonio, por la misma razón que las novelas divierten más que la historia».
Tragaperras: los bancos e hipotecas sobre viviendas se llevan la palma. A su lado, las llamadas máquinas tragaperras son unas pobres aprendizas.
Vergüenza: vocablo a punto de desaparecer, según atestigua el hecho de que seamos capaces de saber que todos los días se mueren de hambre unos 30.000 niños, y no se nos cae la cara de vergüenza.