Lunes, 23 de octubre de 2006
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Notarios
SIEMPRE me parecieron rarillos, más que enigmáticos, ensimismados... ¿Y forrados! Cinco años de carrera y otros tantos, a veces más, de encierro voluntario para preparar las famosas oposiciones a notarías, sonaba a sacrificio de asceta, eso sí un asceta que aspira a ganar, cuando consiga la plaza, una pasta. Tanto estudio, tanta juventud encerrada, para cumplir la «sagrada misión social de dar fe», suena a venta del alma al diablo. El notario testifica, con categoría de semidios, y hace cierta su aseveración: se compra, se vende, está libre de cargas... Yo, cuando los escucho, caigo en la tentación de responder «amén» cada vez que levantan la vista del legajo, tan sacrosanto me parece su oficio de fedatario público.

Yo tenía bastante clara su misión y sus minutas. Ahora dudo. Que estos señores y señoras (que también las hay) certificaran la veracidad de legajos, de identidades o de verdades escritas (lo escrito gana consistencia de real) tenía un pasar, pero es que ahora los notarios pueden dar fe de las intenciones de un político. Es como si el enamorado a quien su amada da calabazas le presentara, como prueba irrefutable, una escritura pública ante notario que diera fe de su enfebrecido amor.

Dicho así, suena como a chiste etílico. Y en el caso de un político, a broma de mal gusto. El ciudadano de a pie, o sea una servidora, vive convencido de que las intenciones de los políticos, por antonomasia, son coyunturales, variables, modificables y adaptables a la cambiante realidad (la suya, claro); luego, dar fe pública de esas intenciones no sé a quién convierte más en falsario, si al que la certifica o al que la asegura. Pero aún suponiendo que fueran ciertas las intenciones, ¿cómo se prueban? Acaso penetra el notario en el alma y las circunvalaciones cerebrales del cliente con un bisturí apropiado para el alma humana o, simplemente, se lo cree tras preguntarle varias veces, como en un auto de fe ancestral.

El notario, sacerdote laico, certifica ante la sociedad la soberana intención de un político y, por tanto, se convierte en un sacramento inviolable. De ser así, en breve tendremos que inventarnos los divorcios entre notarios y clientes, porque mucho más cuesta una boda, donde dos individuos libres de toda coacción juran ante un notario divino que sólo la muerte los separará y resulta que basta un compañero de oficina cachas para mandar al garete tal promesa.

En este loco mundo, hasta la más severa de las profesiones termina ridiculizada por la perversión de sus funciones. El sesudo notario hace tiempo que abandonó el despacho, primero se lo llevaron a los concursos televisados y ahora lo tientan los políticos.

 
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