Miércoles, 25 de octubre de 2006
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GIJÓN

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Naufragio a todo lujo
Alex Thomson arregla en El Musel los destrozos que provocó una tormenta en su velero para reintegrarse a la vuelta al mundo de la regata Velux-5 Oceans
Naufragio a todo lujo
PREPARATIVOS. Thomson, a bordo de su velero, el 'Hugo Boss', en El Musel. / SIMAL
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Alex Thomson no tenía pensado atracar su moderno y costoso velero en el puerto de El Musel, pero una tormenta «más dura de lo habitual», con sus gigantes olas y vientos que superaban los sesenta nudos (más de 111 kilómetros por hora), le obligó a hacer escala en Gijón. Desde hace apenas tres días, este británico, navegante en solitario, compite en la que fue la primera regata profesional en dar la vuelta al mundo, la Velux-5 Oceans. El domingo, seis deportistas partieron desde Getxo, en el País Vasco. Ayer sólo dos seguían en el mar: el suizo Bernard Stamm, con su 'Cheminées Poujoulat', y el japonés Kojiro Shiraishi al control del 'Spirit of Yukoh'.

La tormenta fue dura para todos. A Alex Thomson le costó la vela más importante de su embarcación. Fueron días difíciles: su velero, el 'Hugo Boss', comenzó la etapa con la rotura de uno de los cabrestantes; durante la noche, el velero se enredó con una red de pescadores que le hizo pararse en seco; al día siguiente, llegó el viento. Ahora le llevan dos días de ventaja. Todos pueden reengancharse a la carrera, pero, «una vez que encienden el motor y ponen rumbo a tierra para realizar algún arreglo, tienen que esperar un mínimo de 48 horas para volver a hacerse al mar», explica el británico.

48 horas en Gijón

Alex comenzó su cuenta atrás en el Cabo de Peñas a las seis y media de la tarde, así que hoy, a la misma hora y en el mismo lugar, todo tiene que estar listo para partir. Durante su maratoniana estancia, tras pasar la primera noche sin dormir para descolgar la vela rota, condujo ayer en coche hasta Coruña. Allí se ubica una de las sedes de la marca a la que pertenece. «Se pasarán toda la noche trabajando. Tiene que estar lista para mañana», comentaba ayer tarde. Llegó de nuevo a Gijón justo a tiempo para conectar en directo con la cadena inglesa de televisión News 24, a través de la webcam que preside su camarote. Hoy, a primera hora, tendrá que volver a la localidad gallega a recoger y valorar el trabajo de los técnicos. En pocas horas, deberá de estar de vuelta en El Musel para comprobar que todo funciona correctamente.

A pesar de todos estos problemas, Alex se encuentra en perfecto estado de ánimo: «Estoy muy motivado y contento de que haya ocurrido aquí y no en los océanos del Sur. Ahora que me he llevado este golpe, estoy completamente listo para seguir y ganar». Lo último que se le pasa por la cabeza es abandonar: «Llevo preparando esta regata un año. Lo de ayer fueron condiciones extremas, es difícil que vuelva a ocurrir algo así, y yo tengo un trabajo que acabar». Para impedírselo, haría falta algo mucho más desgarrador: «A lo mejor, si pierdo un brazo...», bromea.

Adora un estilo de vida que, sabe, no es nada grato para la mayoría de los mortales. «No puedes caminar, no hay sitio. Es completamente imposible moverte algo. Estás todo el día agachado pasando de una parte a otra del barco», relata. Y, sin embargo, ha sido capaz de pasarse tres meses sin pisar la tierra.

Noventa días en los que lo único que se lleva a la boca es comida liofilizada. No pesa y es cómoda, dice: «Sólo tengo que echarle agua hirviendo». Doce semanas en las que sufre «lo peor de este trabajo. El barco está inclinado y te caen litros de agua encima, por lo que estás continuamente mojado».

Sin embargo, no puede olvidarse de lo que le hizo enamorarse de los veleros: la velocidad. «Se trata de un gran reto, de una prueba. En mi opinión, ésta es, claramente, la regata más difícil que existe», dice vigoroso.

Muy pocos pueden aguantar este ritmo. «Este oficio te exige las 24 horas. Te necesita durante el día y la noche, no se puede descuidar, pero cuento con la suerte de disponer de un barco tan bueno como el 'Hugo Boss'», asegura sobre su velero de 60 pies (unos 18 metros).

Lleva días sin descansar, pero la euforia le puede. Pegado a su teléfono móvil, habla a ritmo acelerado poniendo al día a sus conocidos. Llegó y se irá discreto. Sin cruzarse con los curiosos que esta tarde se acercaron a El Musel para ver con sus propios ojos el velero y conocer al deportista. Lo primero lo consiguieron, lo segundo no. «Estos tíos están hechos de otra pasta», decían mirando al mar.

 
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