SI los términos médicos se pudieran aplicar al ámbito de los medios de masas estaríamos hablando de una auténtica pandemia. Pesa aún la ficticia amenaza de la gripe aviar, que en sus avatares mutará convirtiéndose en una gripe icárica que afectará al hombre pájaro. No se sabe aún si será más fácil contraer la enfermedad cuando se viaje mucho en avión, por ser el espacio aéreo el lugar de referencia aviar. Lo que es casi seguro es que se encontrará en breve el medicamento que, sin excesivos efectos secundarios, cure sin más anomalías tal variedad gripal. Cuánta alarma, seguramente justificada por temor a una verdadera explosión en cadena de proporciones incalculables y ante la cual nadie tiene un plan determinado de choque. Así todo, seguro que tendrá cura.
Pero la pandemia que estamos sufriendo desde hace tiempo es otra no menos grave y poco cacareada que forma un virus cuyo caldo de cultivo surge de la mezcla de diversas salsas con algo llamado corazón. Algunos científicos creen que éste es el verdadero origen de la gripe aviar.
Poco se ha estudiado esta 'gripe audiovisual', se desconocen sus efectos a largo plazo, no hay ningún estudio científico serio para encontrar remedios que curen y no se alerta a la población de la existencia de tan terrible síndrome: la gripe del cotilleo. Esta ya más que manifiesta pandemia crea un impacto neuronal y una incapacidad seria para procesar la realidad. Como efectos adversos destacables tenemos la denominada «pérdida de la orientación emocional», en la que los afectados comienzan a sentir como suyos los problemas de los personajes que forman parte de estas tramas televisivas, aun más peligroso e hilarante en tanto en cuanto siempre se cuenta media mentira por media verdad, buscando solución a problemas que no les pertenecen e, incluso, tratando de captar esos conflictos e incluirlos en sus vidas.
Otro efecto nocivo es el llamado «suplantación mutua de personalidades», en el que los amigos, amigas, familiares, etcétera, asumen alguno de los roles de dichos personajes y comienzan a comportase a imagen y semejanza de su famoso favorito, adquiriendo sus gestos característicos e intentando emular su comportamiento, sus modales, su aspecto e, incluso, buscando una pareja parecida a la del admirado u admirada.
Dado que el coeficiente intelectual de los personajes y sus ideales como «personas humanas» se circunscriben a aquella máxima que dice: «antes muerta que sencilla», los unos y los otros, admiradores y admirados, se inscriben en una maratón en pos de los famosos cinco minutos de fama que predijera Andy. No, el de Lucas, no; le respondo a la niña 'mass-media' que a las tres y media de la tarde se enchufa a la 'caja tonta' para estudiar normas de comportamiento en sociedad, para en un futuro poder prosperar y ser tan guay y tan famosa y tan envidiada como cualquiera de esas gallinas ponedoras que nos cacarean todos los días. De ahí la relación con la gripe aviar que han descubierto prestigiosos científicos.
Leyendo la afamada publicación 'Scientific American', he encontrado un estudio en el que se propone una acción conjunta que ayude a prevenir una superposición de pandemias y que aboga por someter a las gallinas y todo tipo de aves de corral a dosis ingentes de televisión rosa o de cotilleo, con la intención de que el virus mute y pase del hombre a las aves, creando un efecto contrario similar a una brutal fuerza de choque que termine impidiendo el viaje en la dirección opuesta, es decir, del ave al hombre.
Lo que aún no se tiene claro son los efectos adversos, tanto neuronales como de conducta, que se pueden producir en las aves tras la aplicación de este método. Yo, por si acaso funciona, tengo al canario a dosis altas de 'Aquí hay tomate'.