HACE ya más de cincuenta años, por estas fechas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos, en el barrio de La Arena, como en tantos otros barrios de Gijón, los guajes de aquel tiempo vaciábamos unas calabazas -obtenidas por procedimientos no siempre ortodoxos-, les hacíamos unos agujeros que simulaban ojos y boca, en su interior instalábamos una vela encendida, y al oscurecer colocábamos los artilugios resultantes en lugares de paso donde podrían dar un susto a los confiados transeúntes. Como aquel que escribía en prosa sin saberlo, nosotros celebrábamos así el Halloween y hemos tardado medio siglo en enterarnos. Manda madre.
Son las consecuencias devastadoras de la marea invasiva de cursilería que nos azota, del triunfo del esnobismo hortera. Carecería de sentido rechazar cualquier clase de innovación, en las costumbres como en la comunicación, pero es deplorable el mimetismo desenfrenado que prospera por complejo de inferioridad o simple ignorancia.
Este fenómeno se advierte de manera singular en el lenguaje deportivo. En la narración de los eventos futbolísticos, lo que en estas latitudes del paralelo 43 y pico siempre fue un 'jorobu' (cinco goles), palabra gráficamente descriptiva del guarismo a que se refiere, es ahora una cursi 'manita'. Ganas de enredar, que llevan incluso a reflexiones sobre la necesidad de 'leer' bien los partidos, como si se estuviera en un aula de Secundaria.
Bien mirado, sin embargo, no debería haber motivo para la sorpresa tras la superflua metamorfosis de culín en culete y de chigre en sidrería. A veces entran ganas de ser finlandés.