'Ramón y Cajal por Ramón y Cajal'. Nunca mejor dicho. Santiago Ramón y Cajal Junquera, catedrático de Anatomía Patológica de la Universidad de Zaragoza y nieto del científico premiado con el Nobel en 1906, dibujó ayer en el edificio histórico de la Universidad de Oviedo el perfil humano del médico español que demostró que las células nerviosas son unidades independientes. Tres adjetivos definían su personalidad: «voluntarioso, abnegado y patriota». Dice Junquera que se consideraba una persona de «inteligencia normal», pero «dio mucha importancia a lo que el ser humano es capaz de conseguir con fuerza de voluntad». No hay que irse lejos. Basta saber que hasta 1901 se costeaba él mismo las investigaciones.
Pero Junquera da más ejemplos. Cuando fue a la guerra de Cuba, llevaba unas cartas de recomendación de su padre para que no le destinaran a las peores zonas como médico militar que fue. Sin embargo, «mi abuelo no quiso presentar esas cartas. Decidió correr la suerte que no querían correr los demás», aunque eso supusiera contraer paludismo.
Sus investigaciones recibieron un impulso cuando tras recibir el premio de Moscú por su trabajo, el Estado construyó el Laboratorio de Investigaciones Biológicas. «Él mismo se rebajó sus honorarios anuales, de 10.000 pesetas de la época a 6.000, preocupado por el erario público».
Eso sí, el de Ramón y Cajal, explica Junquera, era un sentimiento patriótico «muy sano, porque simplemente, deseaba que España estuviera entre las naciones punteras en ciencia». En aquel momento «éramos ignorados por la única ciencia, que era la europea».
Y aunque las cosas han cambiado, Junquera cree que su abuelo criticaría la fuga de cerebros que sufre actualmente nuestro país. «Se envía mucha gente al extranjero pero luego el Estado no sabe dar salidas a tanto becario. Deberían aportar más fondos a los centros de investigación y universidades».
En familia
Hubo tiempo para hablar de su vida familiar. Lo cierto es que «le veían a la hora de comer». Era entonces cuando contaba a sus hijos anécdotas de la guerra, diabluras que hacía de pequeño... Pero la tarde y la mañana estaban dedicadas a la ciencia, ya fuera con sus propias investigaciones o dando clases. Los domingos, en cambio, estaban reservados a su familia y solían acabar en una chocolatería cerca de la Puerta de Alcalá.
Aunque sea mucho aventurar, Ramón y Cajal era un apasionado de lo que da la naturaleza y es probable que «ahora se dedicara a la bioquímica o a la genética». Hay quien duda de que un científico como Cajal pudiera existir ahora, donde todo se hace en grupo pero su nieto advierte: «En realidad, las ideas surgen de una sola persona».