Apenas tienen 17 años y llevan semanas paseando por una villa del siglo XIX. Pocos habitantes, menos casas, muchos hórreos y más arena. Los alumnos de Diversificación del Real Instituto de Jovellanos han trabajado duro para poder presentar ayer la exposición que repasa la historia de su centro, inevitablemente unida y ligada a la de Gijón. Su título: 'El Instituto de Jovellanos, de 1807 a 1888'. «Comenzamos con esta iniciativa en el 2000. Cada año organizamos una muestra con parte de la historia del centro, hecha por diferentes alumnos», explica el profesor y responsable de la actividad, Manuel Santiago.
A través de paneles, maquetas y composiciones de los jóvenes, la muestra traslada a su público al pasado, a la época en que el instituto comenzó a funcionar en La Casona de Jovellanos. Allí sólo estuvo de 1794 a 1807. Enseguida, la casa que la familia del pensador cedió a este menester se quedó pequeña, ante el imparable aumento de alumnos. «Cuando todo el mundo se enteró de que se había concedido a Asturias un Real Instituto, Oviedo lo reclamó para su ciudad, con el argumento de que Gijón no tenía un edificio donde alojarlo. Jovellanos se negó en rotundo», rememora Santiago.
Para cuando tuvo que cambiar de ubicación, el gijonés contaba ya con los suficientes contactos en las Cortes como para conseguir que el arquitecto Villanueva, que también se encargó del Museo de El Prado, construyera el nuevo edificio. La parcela, cedida por el Ayuntamiento, y que hoy ocupa el Antiguo Instituto Jovellanos, quedaba en aquellos tiempos apartada del centro y su huerta llegaba hasta el actual paseo de Begoña. Al no existir parques públicos, la huerta era utilizada como tal por todos los gijoneses. Con el tiempo, las nuevas calles como las actuales de Begoña, la Merced y Francisco Tomás y Valiente fueron ganando terreno al parque para asemejarse más a los planos modernos de Gijón.
En la actualidad, a la entrada del centro, en la avenida de Constitución, una gran maqueta se erige en recuerdo del trabajo de los alumnos de cursos anteriores. Representa, a partir de los planos de la ciudad de 1807, a ese otro Gijón de 6.000 habitantes. Calle por calle y casa por casa. «Tampoco había tanto que reproducir como ahora», explica Manuel Santiago.
El límite Sur de la población lo marcaba la Puerta del Infante o de la Villa, que entonces estaba situada en el punto que hoy en día ocupa la estatua de Jovellanos, en la plaza del Seis de Agosto. Por allí entraban en Gijón los que tomaban la antigua carretera de Oviedo.
Al Este, a partir del actual Náutico, se extendía el arenal de San Pedro, por el que unas décadas más tarde crecería la ciudad con la construcción de la plaza de San Miguel y el barrio de La Arena.
El Oeste de la ciudad estaba más protegido. Se encontraba al resguardo del viento, que tantos destrozos ocasionó, y de la molesta arena. Con el apoyo de Jovellanos, se acababan de desecar unas lagunas, foco de insalubridad para toda la ciudad, y se habían plantado en su lugar varios árboles para sustituir a las plagas de mosquitos. Así nacía el parque de La Estrella, ahora conocido como la plaza del Humedal.
Olas peligrosas
Aún faltaban décadas para que se construyese la calle de Marqués de San Esteban, ganando terreno al arenal del paseo, el cual acabaría desapareciendo y transformándose en los muelles de Fomento y del Fomentín. El lugar que ocupa la actual playa de Poniente ni siquiera aparece en la maqueta de la ciudad: «Demasiado apartado», apunta Santiago.
Entre otros cambios, lo que ahora es centro entonces era extrarradio. En 1807 aún no se había construido el muelle de Lequerica y, por lo tanto, el primer y único obstáculo que encontraban las olas era el pequeño dique sobre el que hoy se encuentra la Antigua Rula. «Cada vez que había marejada, este dique era sobrepasado. Las olas causaban graves desperfectos a las embarcaciones que estaban atracadas en el puerto. Además, podían encontrarse peces en medio Gijón», repasa el profesor.
La sencillez de la villa llegaba al punto de disponer solamente de tres fuentes: la de la Barquera, la Fontica, aún en el Cerro de Santa Catalina, y la Fuente Vieja. El Gijón decimonónico estaba plagado de hórreos y paneras. Y, si tenía otras construcciones en abundancia, eran las capillas. «Ya existían casi todas las que podemos visitar ahora», concluye.