La noche de las brujas y las pócimas goza cada año de mayor popularidad. Prueba de ello fue que en la tarde de ayer apenas quedaban gorros de brujas en las tiendas de disfraces. Los detractores de esta moda discrepan sobre las celebraciones de lo que consideran una moda yanqui. Sin embargo, las abuelas recuerdan que la decoración con calabazas en los Difuntos estuvo presente en la Asturias rural de mediados de siglo.
Anoche, la celebración del Halloween cobró fuerza en la ciudad. Aunque sin grandes aspavientos y sin montar demasiado ruido, esta tradición americana exportada por los emigrantes irlandeses del siglo XIX, dejó su impronta ayer en Gijón. Bares, centros educativos y fiestas privadas, se pusieron el sombrero de bruja para celebrar la víspera del día de Todos los Santos.
«Desde hace aproximadamente nueve años se viene apreciando un aumento de las celebraciones de esta tradición americana en Gijón, sobre todo porque se hacen más fiestas y en los colegios realizan actividades especiales para la ocasión», explica Carlos Huerta, propietario de una tienda de disfraces de la que salieron muchos de los 'terroríficos' atuendos de la jarana de ayer. Este empresario, cuya experiencia resulta un buen baremo para medir el 'calado' de un festejo en la ciudadanía, considera que «el Halloween está bastante extendido y creo que cada vez va a ser muy popular, a los niños les encanta disfrazarse para dar miedo y a los mayores les gusta también hacer cosas diferentes; al final, todas las modas americanas acaban llegando hasta aquí».
Los gorros de bruja, los colmillos de vampiro y las telas de araña sintéticas, fueron algunos de los productos más demandados por la clientela. Boris Cambazard, francés de Lyon que se encuentra cursando Erasmus en la ciudad, se decantó por un gran sombrero de bruja -con ratón incorporado- para «ir a una fiesta a Oviedo al piso de unas compañeras de la facultad». Sus amigos, Romain Muller y Matthieu Peresse, prefirieron máscaras para pasar inadvertidos. «En Francia se celebra mucho más que aquí, los niños van llamando por las puertas para que les den golosinas y si no, les hacen alguna fechoría», comenta Boris Cambazard.
El terror de la tarde fue eminentemente infantil. Por una vez, y sin que se haga extensible al resto del año, los niños tuvieron carta blanca para hacer trastadas. Eso sí, «dentro de un orden». Inés García, directora de una academia de inglés de Viesques, organizó una fiesta en el centro para que «los niños se diviertan y a la vez aprendan cosas nuevas». Y así fue. Se vistieron de brujas y, calabaza en mano, disfrutaron de una tarde de miedo. Alicia Gutiérrez, a pesar de su corta edad -tiene 5 años- conoce a la perfección lo que es Halloween: «La noche del terror, en la que hay que dar muchos sustos», dice. Dos de sus compañeras, Alicia Díaz y Ana Díaz, siguieron sus consejos no descartaban «picar a las puertas de los vecinos para ver si nos dan caramelos».