Jueves, 2 de noviembre de 2006
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GIJÓN

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«El amor es más fuerte que la muerte»
Tres mujeres hablan de sus ausencias y del sentimiento que experimentan al visitar el cementerio «Siempre que me voy de viaje traigo algún regalo para mi hija y mi marido», dice Ana Agudín
«El amor es más fuerte que la muerte»
FATALIDAD. Ana Agudín, ante el nicho de su marido y su hija en el camposanto de Deva. / UCHA
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«Les traigo algún detalle cada vez que me voy de viaje». Ana Agudín se levanta cada día gracias al recuerdo en vida de su marido y su hija. Ha hecho del nicho familiar en el cementerio de Deva un auténtico santuario y, también, su segunda casa. Allí acude cada sábado para amainar el dolor de su soledad. «Aquí me siento más cerca de los dos», se justifica.

Un leve orbayu caía ayer sobre Gijón al mismo tiempo que cientos de personas repetían una tradición en los cementerios en una jornada de Todos los Santos en la que el colorido de los paraguas compitió con las tonalidades de los claveles y crisantemos habituales de esta época del año. De la lápida de José Antonio Álvarez, fallecido en 1998, y de Susana Álvarez Agudín, muerta en 2003, cuelgan dos cintas de la Virgen del Pilar de Zaragoza, un frasco de agua bendita de Fátima, una fotografía de la hija y un azulejo que reza 'El amor es más fuerte que la muerte. Tu esposa y madre os amará eternamente'.

Ana Agudín vive sola en su piso de Los Campos. «Me queda mi madre y una hermana soltera que reside en Madrid. Desde que se ha ido Susana no he sido capaz de abrir su habitación, está igual que el día en el que murió, no he tocado nada porque un día intenté abrir su cuarto, me vino un intenso olor a su colonia y me derrumbé», apunta. Susana Álvarez Agudín, abogada de profesión, falleció tras golpearse la cabeza contra un escalón en un fatal traspié en el portal de su domicilio. Desde entonces, la vida de su madre ha dado un giro de 180 grados. «Vivo de sus recuerdos, se hace todo muy duro; el único consuelo que me queda es saber que todo el que conocía a mi hija la quería porque era una persona muy agradable», dice con lágrimas en los ojos. Su marido murió cuatro años antes como consecuencia de un cáncer de pulmón. «La muerte de una hija no es comparable a nada de lo que te pueda pasar en la vida», sentencia. Recuerda que «cuando falleció venía de cenar con unos amigos que la acompañaron hasta el portal; al entrar se le apagó la luz y tropezó, fue a dar con la cabeza en un escalón. La encontraron muerta a las cinco de la mañana y mientras tanto yo, sin enterarme de nada, durmiendo unos pisos más arriba; son los coletazos de la vida, que no sabes cuándo ni dónde te van tocar. Estas desgracias te hacen vivir la vida de otra forma y pierdes los valores; al final, acabas viviendo de recuerdos y del pasado», asegura.

El único deseo que le quedaba a esta mujer tras quedarse sola era que su hija y su marido descansasen juntos. Hace unos meses lo vio cumplido. «Este es el año en que el Día de Todos los Santos los tengo a los dos juntos; los restos de mi marido estaban enterrados en el cementerio de Ceares y no los pudieron trasladar a Deva hasta hace poco menos de un año porque todavía no eran restos y no podía traer el ataúd entero», explica.

Hablar de su hija y de su marido reconforta a la mujer, a la que también le ayuda escuchar vivencias de Susana. «El lunes me pasó una cosa muy curiosa. Estaba haciendo cola en el banco para hacer unas gestiones y oí a dos mujeres que estaban justo delante de mí hablar de mi hija, que les había defendido como abogada en un despido laboral. Comentaban que se habían enterado, tiempo después, de que había muerto por un golpe en el portal de su casa. Me acerqué a ellas y les dije que yo era su madre», dice Ana Agudín, para quien «resulta tremendamente satisfactorio oír a la gente hablar bien de los familiares fallecidos, porque además te das cuenta de que esa persona no sólo era importante para ti, sino que también había significado algo para otras muchas personas con las que había coincidido en vida».

Ana Agudín visitó ayer el camposanto municipal en compañía de su madre. «Me tiene que esperar fuera porque no puede ver la tumba de su nieta, se derrumba; yo saco fuerzas de donde sea porque no los quiero dejar solos. La vida de toda la familia giraba en torno a Susana, era hija única, nieta única y sobrina única», dice. Ahora, su vida se centra en un nicho del cementerio de Deva.

CARMEN MANEIRO

Vecina de El Llano

«A veces pienso que es un ataúd vacío»

21 días de vida y 31 años de continuas visitas al cementerio de Ceares. Carmen Maneiro limpiaba a primera hora de ayer la tumba de su hija con una foto del bautizo del bebé en la mano. «Esta imagen fue tomada en la iglesia de La Milagrosa un domingo; al miércoles siguiente enterramos a Beatriz», dice. De eso hace ya más de tres décadas. El tiempo no ha hecho que esta vecina de El Llano haya dejado de visitar la pequeña tumba. Lo suele hacer el día de Todos los Santos, ella sola y fiel a la tradicional cita. «A mi marido estos sitios no le gustan, mis dos hijas viven fuera de Asturias y al pequeño no lo quiero traer porque éste no es un sitio propio para él», comenta.

Carmen Maneiro se aferra a la esperanza y se niega a creer que su bebé falleciese con sólo 21 días de vida. «El mío es un caso muy extraño que con el paso del tiempo miro con mayor recelo, en algunas ocasiones creo que le vengo a traer flores a un ataúd vacío, que en la tumba no hay ningún resto humano y que mi hija sigue viva en algún lugar del mundo», explica.

«Era mi primera niña y nació totalmente sana, era un bebé guapísimo», apunta la mujer, quien recuerda el día en el que falleció Beatriz: «Era el 25 de noviembre de 1975; la llevé al pediatra del ambulatorio a una revisión, me dijo que tenía un poco de diarrea y que era mejor que la viesen en el hospital de Cabueñes, se quedó allí ingresada; yo estuve en el hospital hasta las cinco de la tarde y a las diez de la noche me llamaron los médicos diciendo que había muerto de una parada cardiorespiratoria», relata. Carmen Maneiro, de ascendencia gallega, asegura que «ni siquiera me dejaron ver el cadáver y tampoco me dieron parte de defunción; lo tuve que sacar yo hace poco más de un año en el juzgado para tener algún documento que demostrase que esa niña había existido, porque no constaba como muerta en ningún sitio».

Pero este no es el único desaire que le ha dado el destino. Tiene otros tres hijos -dos chicas y un chico- y el menor está impedido como consecuencia de una lesión cerebral. Carmen Maneiro vive en El Llano junto a su marido. «No hay ni un solo día en el que no recuerde a mi primera hija; es una pena que llevo muy dentro y aunque haya tenido otros tres niños el fallecimiento de Beatriz siempre me quedará en la memoria, sobre todo por la extrañeza del caso y porque la muerte de un hijo siempre te marca; no es ley de vida, lo normal es que mueran tus progenitores, no tus descendientes», apunta.

La mujer suele visitar el cementerio de Ceares el día de la celebración de Todos los Santos, «y en alguna otra ocasión esporádica». «Limpio la tumba, enciendo un cirio y le pongo unas flores; siempre suelo venir a primera hora de la mañana porque hay menos gente en el cementerio; aprovecho para visitar, además, la tumba de algún otro familiar», comenta. Un ritual que mantiene cada año y que le ayuda a mantener en la memoria el fugaz recuerdo de la vida de su primera hija.

CONCHITA FERNÁNDEZ

Vecina de Pumarín

«No fallo en la visita ni una sola semana»

«Vengo todas las semanas, ya pueda hacer frío, calor o llueva, no falto ni una sola, incluso cuando estoy algo enferma me acerco hasta aquí», explica Conchita Fernández, quien enviudó hace poco menos de seis años. Desde entonces, no hay semana que no vaya al cementerio de Jove a visitar el nicho de su marido, Emilio López Pérez. Ayer, no estaba sola. La acompañaron sus hijos y la más pequeña de sus cuatro nietos, Laura, que ayudó a su abuela a colocar las flores en la lápida de un abuelo del que apenas tiene recuerdo. «Este es un día muy especial; toda la familia nos acordamos mucho de él el resto del año, pero hoy especialmente porque es el día en el que todas las personas traen a la memoria a los familiares y amigos que ya no están entre nosotros», explica Conchita Fernández.

La mujer se desplaza cada semana en autobús desde su casa de Pumarín hasta el cementerio de Jove. Limpia el nicho, pone agua a las flores y reza por su marido. Viste colores oscuros y reza todas las noches por su difunto esposo. Ayer, lo hizo también delante de su nicho, el cual había adquirido el matrimonio en vida de Emilio López, «como una inversión de futuro. Compramos la tumba hace varios años, por recomendación de unos familiares que tenían en este cementerio de Jove algunos nichos; esas cosas las hacía mucho la gente de mi época, que lo dejaban todo preparado para que el día que muriese algún familiar no tuvieran que cargar con los gastos del entierro; ahora los jóvenes se lo toman de otra forma, ya no se suele dar tanta importancia a tener dónde caerse muerto, porque hoy casi todo el mundo vive mejor y no se pasan escaseces, como en la época de posguerra», relata.

La de Conchita Fernández es la historia de las miles de mujeres que han enterrado a su marido y que sobreviven las ausencias con dolor y entereza.

 
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