NUNCA fui optimista respecto al éxito del actual 'proceso de diálogo'. Debido, sobre todo, a un factor que lo condiciona y puede explicar, en buena medida, bandazos y contradicciones: el terrorismo opera, por definición, en la clandestinidad, lo que no favorece la coherencia interna del grupo. Además, entre la visión de la realidad que percibe un etarra desde la dura trena y la que parece tener la alegre tropa autora de comunicados triunfalistas, apariciones armadas y violencia callejera hay una distancia tal que cuestiona la representatividad del interlocutor, sea este quien sea. La sombra de la escisión, dentro del grupo terrorista, amenaza cualquier expectativa de acuerdo por laborioso y alambicado que se imagine.
Sin embargo, desde este inevitable escepticismo, no deja de resultar estridente, una vez más, la actitud de la oposición y de su limitado pero intenso coro mediático: expresiones como «rendición ante ETA», «autodeterminación», «Navarra», sin constancia del menor contenido real, pero reiteradas como hechos consumados para desacreditar el proceso, van alarmando a la opinión ciudadana y exaltarán, es de suponer, a la parte contraria que, en principio, encaraba la negociación desde la debilidad. Pese a secretismos, incertidumbres y estrasburgos lo cierto es que, a día de hoy, no consta ni el apunte de una sola concesión política del Gobierno. No ha habido liberaciones de presos ni, siquiera, acercamientos como cuando el PP gobernante ensayó su turno. Ni mucho menos se le ha ocurrido a nadie calificar a los terroristas de Movimiento Vasco de Liberación Nacional, como hizo, sin vergüenza propia ni mayor reproche ajeno, el siempre lúcido señor Aznar. Nadie le comparó entonces con Alicia. Ni siquiera con el atolondrado conejo de Alicia.