POR mucho que se depuren los métodos de la investigación histórica, la casualidad siempre guardará un as en la manga para sorprendernos cuando menos lo esperamos. Aunque los historiadores griegos ya introdujeron la posibilidad de que ocasionalmente el azar mediatizara el devenir de los acontecimientos, el grueso de éstos no tiene lugar por capricho, lo que no significa que las explicaciones sean siempre fáciles, puesto que sucede más bien al contrario. No se hablará aquí, sin embargo, de la eventual participación de la casualidad como factor condicionante del desarrollo histórico, sino de su intervención en la milagrosa reaparición de fuentes o testimonios que se creían perdidos para siempre y que muchas veces resultan cruciales para la reconstrucción de ciertas parcelas de ese devenir histórico. Recuérdese cómo se descubrió el yacimiento de Atapuerca: durante unas obras de construcción del ferrocarril. Veamos dos sencillos ejemplos relacionados con el republicanismo asturiano que demuestran cómo, algunas pocas veces, la más pura casualidad presta un impagable auxilio a quien se encarga de rescatar del olvido distintas manifestaciones de la vida social de los que en otro tiempo habitaron esta región.
El pasado mes de julio, la Biblioteca Ramón Pérez de Ayala de Oviedo recibió desde Manhattan la donación de una colección de ejemplares de 'El Progreso de Asturias', un periódico republicano que se tiraba en la capital a principios del siglo XX bajo la dirección de José Carballeira Otero, el que había sido primer director del prestigioso diario democrático gijonés 'El Noroeste', y del que no quedaban más que algunos ejemplares sueltos. En él colaboraron prestigiosos elementos republicanos de la Universidad de Oviedo, como Adolfo González Posada, Aniceto Sela, Adolfo Álvarez-Buylla y Rafael Altamira, profesores vinculados a la Institución Libre de Enseñanza que mantuvieron enconadas polémicas con el entonces director de 'El Carbayón', Maximiliano Arboleya, quien escribió contra ellos el folleto 'En las garras de cuatro sabios' y abanderó el naciente catolicismo social en la provincia. También en 'El Progreso' publicó bajo seudónimo su primer artículo, precisamente, Ramón Pérez de Ayala, cuando todavía no había concluido sus estudios universitarios.
El caso es que el periplo de esos fardos de periódicos a lo largo de más de cien años resulta sin duda sorprendente, y su conservación hasta la actualidad poco menos que milagrosa. Imagínense sólo por un momento, en los albores del siglo XX, a uno de los directores del periódico almacenando todos esos números; y que dichos fardos sobreviven a la humedad, y se libran de los frecuentes incendios de la época, y de acabar envolviendo bocadillos o alimentando la chimenea un crudo invierno; y que cierto día el tipo en cuestión se ve emigrando a Cuba en un vapor-correo portando entre sus pertenencias, como oro en paño, los fardos de 'El Progreso' correspondientes a tres largos años (1901-1903); y que ya en la ex colonia ese amasijo de papales vuelve a librarse de posibles desgracias; y que un día su tutor deja este mundo y que a su hijo y al hijo de su hijo no les da por enajenar ese particular tesoro, que pulula a través de las décadas y del espacio acumulando ácaros hasta que, más de un siglo después, reposa en el apartamento neoyorquino de un sujeto que resulta no ser un yanqui analfabeto que lo confunde con papeles viejos que quedan feos o estorban en su casa, y que no lo canjea por unos cuantos pavos en el mercado de lo añejo; y que lejos de eso tiene el detalle de donárselos a las instituciones culturales de su lugar de origen a cambio de nada, con la única y comprensible condición de que aquéllas asuman los gastos de envío. Increíble, ¿no?
PUES mientras esto tenía lugar, al que suscribe le sucedió este verano algo igualmente asombroso, aunque con un sesgo más emotivo por su faceta humana. Piensen en un republicano federal gijonés de finales del XIX, implicado en la difusión del ideario democrático hasta el punto de dirigir un periódico con ese matiz; y que debido al hostigamiento del cacique de turno se ve obligado al empezar el nuevo siglo a emigrar a Argentina, donde el reputado abogado naviego Rafael Fernández Calzada, también republicano, le arregla el viaje para que se instale en aquella tierra; y que su hijo y el hijo de su hijo conservan ese legado de lo que fue y por lo que luchó este hombre; y que un siglo después, un buen día, un descendiente decide reconstruir lo que buenamente pueda de la vida de su antepasado, empezando por documentos viejos que ha heredado y echando mano de internet, para rastrear pistas sobre el republicanismo gijonés de aquellos años; y que servidor, que investiga el asunto con una beca del Ministerio de Educación, cierta mañana recibe un mail y se encuentra con esta emocionante historia llegada del otro lado del charco. Sorprendente, ¿no? Bendita casualidad cuando se porta tan bien.