La palabra griega necrópolis significa «ciudad de los muertos». En Oviedo, esa ciudad está en un alto y desde ella se divisa la otra urbe, que crece por La Manjoya y Montecerrao. Una vez al año, la subida a San Esteban de Las Cruces se atasca casi como si de una tradición se tratara. Es el Día de Difuntos, cuando los vecinos de abajo suben a la ciudad de arriba, llamada El Salvador, para recordar a sus muertos. Ayer, unas 12.000 personas visitaron el cementerio entre las 09.00 y las 18.30, según indicó el coordinador de Funerarias Reunidas S. A. (Furesa), Luis Cué.
La caravana de coches fue la misma de siempre. Desde la glorieta de San Lázaro, turismos y autobuses de TUA con servicio especial para la ocasión esperaban con paciencia para llegar a las puertas del camposanto. Una vez allí, la Policía Local distribuía aparcamientos. «Hay el mismo jaleo que otros años», comentaba un agente, silbato en mano. Pero vendedores de flores como Julia Oliva de Flores Los Rosales, termómetro idóneo para medir la ocasión, aseguraban que «hay menos gente, porque llevan viniendo más días, ha sido escalonado».
Cué confirmaba esta impresión: «Al no haber puente, durante los dos últimos fines de semana de octubre ha venido ya mucha gente, y toda esta semana, también». Calcula que la suma total arrojará «unos 22.000 visitantes» entre todos los días. José Acevedo, empleado de Furesa, rellenaba sin parar botellas de agua en uno de los accesos al cementerio para que los visitantes pudieran llevarlas consigo hasta las lápidas de sus allegados. «Estamos seis personas haciendo esto y llenamos unas 400 botellas al día», indicaba. Según él, «el lunes y el martes subió mucha gente, porque hacía buen tiempo».
Quienes se acercaron ayer a El Salvador no tuvieron que soportar la tormenta, pero sí el plomizo día nublado que acompañó a la fecha. El arzobispo Carlos Osoro Sierra fue uno de los visitantes. Ofició la misa de una en una capilla abarrotada de gente. Sus palabras pudieron oírse en todo el cementerio gracias a la megafonía. La ocasión era señalada: hacía más de 30 años que un arzobispo de Oviedo no celebraba la Misa de Difuntos en el cementerio. «Vino por iniciativa propia y creo que es posible que en el futuro siga viniendo. Posiblemente se instaure esta tradición», adelantaba el coordinador de Furesa en El Salvador.
Crisantemos, claveles y rosas fueron las flores más requeridas para depositar sobre el mármol. O sobre la tierra, porque algunos, como José García García, de 85 años y vecino de San Martín del Rey Aurelio, acudieron a la fosa común bajo cuya hierba descansan sus familiares. «Mi padre era un militar español que luchaba por la libertad y el mejor vivir del pueblo y está aquí con mi hermano, porque fueron fusilados, o mejor dicho, asesinados, por los frentes reaccionarios del franquismo», explicaba. El recuerdo se entremezcla con la historia.
Pero la muerte también mira al futuro. En El Salvador hay 17.500 plazas, el 17% de ellas libres. Y en sus alrededores existen tres tanatorios. Uno de ellos, Los Arenales (propiedad de Furesa), ha iniciado una ampliación.
Cué indicó que ya ha comenzado, pero no precisó cuando concluirán las obras, que incluyen la adecuación de accesos, la construcción de un nuevo horno crematorio, seis velatorios, una tienda y otras dependencias auxiliares.