Los electores catalanes fragmentaron ayer aún más el mapa político en Cataluña y transfirieron a los partidos la responsabilidad, más compleja de lo que apuntaban las encuestas, de negociar quién gobernará la Generalitat en los próximos cuatro años. Con el 100% de los votos escrutados, CiU ha ampliado su triunfo de 2003 -que no le sirvió entonces para retener el Govern- y ha ganado las elecciones con una distancia de once escaños sobre los socialistas, aunque los ajustados resultados y las variadas combinaciones que sugieren no permiten concluir que Artur Mas ocupará el sillón presidencial de la plaza de Sant Jaume. A pesar de que el PSC, liderado por José Montilla, sale de la cita con las urnas como el principal damnificado por la turbulenta gestión del tripartito y la polémica aprobación del nuevo Estatut, al perder 240.000 apoyos, su alianza con ERC e Iniciativa supera los 68 asientos -suman 70- que otorgan la mayoría absoluta en el Parlamento catalán. En ese alambicado escenario, Esquerra vuelve a tener en la mano la doble llave que abre la reedición del actual Ejecutivo o un bipartito con Convergencia, mientras que el PP aguanta y la plataforma Ciutadans, que ha hecho del antinacionalismo su bandera electoral, irrumpe sorpresivamente en la Cámara con tres diputados.
Desapego
La convocatoria electoral evidenció lo que había demostrado el referéndum del 'Estatut': el desapego de los catalanes hacia su clase política, que ayer se tradujo en una participación que no llegó al 57% del censo, seis puntos menos que en las autonómicas de 2003, pese a su trascendencia. Estos comicios estaban llamados a dilucidar el futuro de la Cataluña posterior a la reforma estatutaria, pero también a repercutir en la política española. Una primera radiografía de los resultados presenta un panorama complicado para el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero: por una parte, el PSC, liderado por su ex ministro de Industria, en sustitución de Pasqual Maragall, ha sido el gran derrotado al perder cinco escaños; por otra, los populares de Josep Piqué no sólo no se han desplomado -su frontal oposición al 'Estatut' le ha dejado en 14 parlamentarios frente a los 15 que tenía-, sino que el espectro sociológico y político crítico con el supuesto escoramiento de los socialistas hacia posiciones del nacionalismo se ha hecho visible con la irrupción de Ciutadans; una agrupación impulsada por intelectuales como Albert Boadella, que bebió en su día de la estrategia del PSC y cuya cosecha electoral pasó desapercibida en todas las encuestas previas al 1-N.
Dos frentes
Junto a ello, Zapatero también se juega en buena medida sus apoyos en el Congreso. Convergència y Unió, con quien pactó el 'Estatut' y acaba de acordar sus Presupuestos para el próximo año, ha rentabilizado los errores del tripartito logrando dos escaños más -de 46 a 48- que hace tres años e imponiéndose también en porcentaje de voto -140.000 sufragios más que la formación de Montilla-, lo que no ocurrió entonces. Pero, asegurada su victoria, CiU libraba la batalla electoral en dos frentes. Uno, el de la distancia con los socialistas, lo ganó anoche alejándose del PSC once escaños; el segundo era si su gran esfuerzo en la precampaña, muy incisiva y con un Artur Mas que descartó ante notario gobernar con los populares como antaño, iba a resultar suficiente para arrebatar la mayoría absoluta al tripartito. Mas no lo ha conseguido. Pese al desgaste, la alianza PSC-ERC-ICV, rota en el último tramo de la legislatura a cuenta del 'no' de los republicanos al nuevo texto estatutario, suma dos asientos más que los 68 que dan la mayoría absoluta en el Parlament. Paradójicamente, es Iniciativa, el socio pequeño y el único que ha defendido sin complejos los logros del tripartito a lo largo de la campaña, el que gana terreno al propulsarse a los 12 escaños desde los 9 que tenía.
Anoche, entre gritos de 'Mas, president' de la militancia congregada en el hotel Majestic, el líder de CiU recordó que su partido ha ganado las elecciones en número de parlamentarios, en porcentaje de votos y en las cuatro provincias catalanas, y concluyó que no cabe otra opción que respetarlos y dejarle gobernar la Generalitat. A fecha de hoy, sus opciones se sitúan en intentar que ERC cambie de bando y apueste ahora por un bipartito nacionalista, o bien que el PSC renuncie a repetir el actual 'Govern' y opte por lo que se conoce como la 'sociovergencia': es decir, la coalición de las dos grandes formaciones políticas de Cataluña bajo la presidencia de Artur Mas. En campaña, Zapatero dio explícitamente libertad a Montilla para determinar los pactos postelectorales del PSC, organización federada con el PSOE.
Pero una reedición del tripartito volvería a proporcionar artillería al PP a escasos siete meses de las municipales y en plena gestión del proceso de paz, supondría el reenganche de Esquerra al Govern y cortocircuitaría el apoyo de CiU al Gobierno en el Congreso.
Perder ganando
Los resultados de ERC demuestran que se puede perder ganando. El partido de Carod pierde dos escaños y 130.000 votos, aunque conserva la llave de dos de las tres posibilidades de pacto que se perfilan tras los comicios. Su influencia podría dejarle en la oposición, sin embargo, si se consuma la 'sociovergencia'. Desde anoche, Mas y Montilla -el ex ministro, tras sufrir un serio revés- se jugarán en las negociaciones postelectorales la presidencia. El todo o la nada.
El nuevo Parlamento se deberá constituir como máximo el 21 de noviembre, y el debate de investidura del nuevo presidente deberá hacerse en los 10 días siguientes a la constitución de la Cámara, por lo que el sucesor de Pasqual Maragall será investido a finales de noviembre o principios de diciembre. La rapidez de la investidura del nuevo presidente catalán dependerá de si el candidato tiene o no los apoyos suficientes para ser elegido en primera vuelta.