Domingo, 5 de noviembre de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA

RELACIONES HUMANAS RENCOR BLAISE PASCAL

JOHN RUSKIN

FRIEDRICH NIETZSCHE
Así, cualquiera
La inclinación a menospreciar los logros ajenos está a la orden del día en el trato cotidiano
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Hay personas singularmente dotadas para encontrar fallos y defectos en los aciertos de los demás. Por inapelable que sea el triunfo de Fernando Alonso, siempre habrá alguien que le quite importancia o le encuentre un aspecto tangencial negativo. Esta inclinación a enturbiar, a menospreciar, a rebajar el valor de los logros ajenos no solamente se manifiesta ante personajes públicos. También está a la orden del día en el trato cotidiano.

El filósofo Julián Marías lo definió como «el rencor contra la excelencia». Es esa especie de malestar que a algunos les causa el ver cómo otros destacan, aunque su éxito sea consecuencia evidente del mérito. Quizá se puede comprender el resentimiento del individuo que sale perjudicado por el beneficio de otro. Si dos personas compiten por un puesto distinguido en la misma empresa, al que finalmente lo obtiene no le resultará demasiado extraño que el perdedor trate de enjugar su sensación de derrota con comentarios o reacciones de menosprecio hacia él. Es humano. Al fin y al cabo, todos recurrimos a mecanismos de defensa para digerir los reveses.

Pero el rencor del que hablaba Marías no se proyecta sólo hacia quienes, por haber triunfado en algo, nos infligen alguna suerte de derrota. Arrojamos sombras incluso sobre personas que no nos incumben o sobre actividades cuyo resultado, bueno o malo, no va a afectar en modo alguno a nuestra situación personal. Hay algo de afán de destrucción, de carácter negativo en todo eso. Se trata de hacer ver que valores como el Bien, la Belleza, la Bondad o la Calidad no existen realmente, sino que son meras apariencias tras las cuales siempre se esconde algún defecto que los despoja de sus mayúsculas. Quizá esa censura sistemática nos redime de la mediocridad: «Si de un modo u otro todos somos seres defectuosos, yo no valgo tan poca cosa», parece que nos decimos.

Al efecto consolador del menosprecio se agrega la siempre taimada corrosión de la envidia. Quitamos importancia a los buenos actos de los demás por esa «tristeza del bien ajeno» de la que hablaba Santo Tomás. La envidia hace que el envidioso se forje una imagen odiosa del ser envidiado. Para eso necesita prestar una exagerada atención malsana a los éxitos y los fracasos del otro. Ante los segundos, se siente satisfecho en vez de compasivo. Para los primeros no conoce la admiración, sino la pesadumbre.

En el arte de infravalorar hay modalidades y escalas. Una de las más comunes consiste simplemente en hacer poco importante el hecho observado, o de actuar ante él con aparente indiferencia. Un artista recibe un premio, un trabajador es felicitado por el jefe, un amigo explica los obstáculos que ha tenido que sortear hasta alcanzar una meta determinada. «Bah, no será para tanto», dice el resentido cuando ve que las alabanzas y los reconocimientos recaen sobre el otro.

Más sutil y tal vez también más dolorosa es la fórmula de apelar a circunstancias favorables externas que restan valor al esfuerzo del individuo que ha llegado arriba. Cuando no se le atribuye un padrino benefactor se invoca a la suerte o a alguna rara conjunción astral si hace falta; el caso es dejar claro que no hay relación de causalidad entre la persona y sus logros. Una variante extrañamente acostumbrada de esta fórmula se sostiene en el siguiente razonamiento: a) X. es un hombre de recursos, con habilidades y destrezas en un determinado campo (reconocimiento inicial aparente); b) X. ha conseguido un buen resultado -una novela, un certamen deportivo, un cliente apetitoso para la empresa- (aceptación de la importancia del hecho); c) Pero es que para X. eso es muy fácil, no le cuesta trabajo.«Así cualquiera». (Infravaloración final). Pese a lo delirante de esta lógica, son muchos los que recurren a ella para ensombrecer el mérito de otros.

 
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