El rostro de Isabel Preysler, tal como aparece esta semana en la revista '¿Hola!', es un rostro sin memoria histórica. La suya es una belleza tal vez perfecta, sí, pero amnésica. Entre bótox, cirugía y 'photoshop', a esa cara le han pegado un planchado y almidonado de tal calibre que, a su lado, hasta su compañera accidental de portada, la infanta Leonor, parece más trabajada y curtida. Y hablamos de un terso y lozano bebé que acaba de cumplir un año.
Eso por no mencionar a George Clooney, el galán que posa junto a la rutilante filipina. Entre las canas y las patas de gallo, George, que vendrá a tener unos diez años menos que ella, casi parece su padre; un orgulloso papá que nos estuviera mostrando a su joven hija debutante. Y ahora no hará falta que les diga por qué el marido de Isabel no sale en la foto... En semejante contexto, ¿qué papel le queda a Miguel Boyer? ¿El de abuelo?
Francamente, yo creo que esta vez, bien sea la Preysler, bien quienes la asesoran o alisan, se han pasado. Es cierto que en el universo cerámico donde ella reina la inalterabilidad es altamente apreciada. Pero esa es una virtud de azulejo. Las baldosas no tienen memoria. La piel humana, en cambio, sí. Es un mapa que va adquiriendo relieve con los años. Y borrando esos 'accidentes biográficos' uno corre el riesgo de acabar convirtiendo su rostro en una máscara.
Alguien -no me atrevo a decir quién, porque esa frase se les ha atribuido a tantos...- dijo que después de los cuarenta uno tiene el rostro que se merece. Pero, tal como están hoy las cosas de la estética, algunas personas, pasada esa edad, tienen el rostro que merece... la reputación de su cirujano plástico. Isabel Preysler, empeñada en negar los muchos años vividos, parece ser una de ellas.