Lunes, 6 de noviembre de 2006
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GIJÓN

AL AIRE
Consuelos
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LA expresión risueña de su rostro era fruto de una circunstancia que él mismo explicó al poco de llegar a la columna:

-Acabo de salir del trabajo y aún tengo fresca la anécdota que contó el jefe en una reunión:

«Había una hermosa mujer llorando a mares junto a una tumba. Se acercaba la hora de cierre del cementerio, y como un empleado del mismo no advertía en ella además alguno que indicara su partida, se acercó e intentó consolarla de esta guisa sincera:

-No pasará mucho tiempo, señora, antes de que algún hombre la consuele de la pérdida de su esposo.

Como la aludida incrementara sus lloros de magdalena, el consolador volvió a la carga:

-Seguro que habrá otro hombre que la haga feliz.

-Ya lo había, y aquí está enterrado... ¿¿¿Aaaayyy!!...».

Resulta tan inusual escuchar un chascarrillo narrado por alguien tan habitualmente serio como el erudito búlgaro-astur Orutra Saira, que así se lo hice notar y así respondió:

-Interrumpiste cuando me disponía a explicar que fue la primera vez que no le reí una gracia al jefe, y eso que fue una de las pocas veces en las que algo contado por él tenía verdadera gracia, puesto que su especialidad son los chistes bastos y sicalípticos. Así que al notar que permanecí impasible me preguntó si era que no había captado el intríngulis, a lo que respondí que sí, pero que, como me acababan de hacer fijo en la plantilla de la editorial en la que llevo un montón de años, ya no necesitaba hacerle la pelota.

Aproveché luego la coyuntura para preguntarle a Orutra por quién lo consolaba, dada su condición de soltero empedernido, y su respuesta fueron estos versos que le dedicó su amigo Monchu el Liras:

-La vida es sueño, quiero soñar, / que si despierto me echo a llorar / Vayamos, xana, a la pomarada, / bajo el manzano está grabada / de nuestro amor la declaración: / Son nuestros nombres junto a una flecha / que atraviesa un gran corazón. / ¿Cómo olvidarme de aquella fecha, / sístole y diástole de pasión? / Detrás de un matu. Caía fruta. / Cuerpos sudados: ¿el Kamasutra! / Volviste al lago, cabellos de oro, / a ignota cueva, junto al cuélebre, / y allí custodias grande tesoro. / A él preguntéle; respondió, célebre: / «Queridu Orutra, tuviste un sueñu: / te enamoraste de una una utopía / inalcanzable, que no tien dueñu, / así que búscate otra tía ¿Y en ello continuó...!

 
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