Lunes, 6 de noviembre de 2006
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Feligreses de Pumarín abuchean en la iglesia al ex párroco de San Miguel
Más de un centenar de fieles se manifestó frente al templo por la marcha del vicario, Hilario Valdés, de la que culpan al sacerdote jubilado, de 82 años
Feligreses de Pumarín abuchean en la iglesia al ex párroco de San Miguel
PROTESTA. Cuatro niños aluden a la alegría del pueblo de destino de Hilario Valdés y la tristeza de la parroquia que abandona. / CITOULA
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«Hermanos: no está el horno para bollos». El actual sacerdote de la parroquia de San Miguel de Pumarín, Eduardo Berbes, comenzaba así ayer la homilía de la última misa que ofició con el vicario, Hilario Valdés, a su lado. Aún no sabía cuánta razón tenía. Se refería, entonces, a lo ocurrido durante la eucaristía anterior. En la misa de las 11.30 horas, los alumnos del colegio de San Miguel leyeron una carta despidiéndose, entre lágrimas, de don Hilario. Cuando tomó la palabra el ex párroco, José García Loredo -a quien muchos feligreses culpan de lo acaecido por «no dejar trabajar al vicario y amargarle la vida hasta que se fue»-, la iglesia quedó casi vacía. Era sólo el principio.

Berbes llamó a la calma en la eucaristía de las doce y media, pero le sirvió de poco: «A ver si podemos terminar la misa en paz y no como antes», repetía a los asistentes. Sin embargo, el sacerdote, quien ha intentado mantenerse siempre al margen de esta polémica que enfrenta a su antecesor y al coadjutor, no pudo evitar referirse a Valdés con palabras de agradecimiento: «Muchas gracias por vuestro cariño, por vuestro amor a Hilario. Que Dios os lo pague». Sin embargo, aludió a las pancartas que adornaban las paredes de la iglesia y que rezaban frases como 'Eduardo, no te quedas sólo', 'Sin ti nada será lo mismo' o 'Queremos que vuelvas'. Y aclaró: «No son cosa nuestra. Están escritas por muchos de vosotros, con lo que sentís, con lo que pensáis...».

Todo hacía pensar que la despedida se desarrollaría con toda normalidad hasta que don José, micrófono en mano, quiso dirigirse a los feligreses al término de la misa. La iglesia se inundó entonces de silbidos y de gritos de «¿Fuera!» y «¿Vete!», ante los que el sacerdote jubilado permaneció impasible.

¿Qué parroquia es esta?

Sin sonido en el micrófono, se dirigió a los pocos feligreses que permanecieron en el templo para escuchar sus palabras: «Esto es una vergüenza. ¿Qué iglesia es ésta? Yo no quiero que esto sea así. Quiero ir con ellos al obispo, que es quien nos nombra, y si tenemos que pedir perdón, se hace. Pero ellos no quieren. ¿Qué parroquia es ésta?», se preguntaba.

Dolido por las voces que le recordaban que ya está jubilado, don José recordó la reciente visita del arzobispo: «El mes pasado estuve aquí con don Carlos Osoro y me dijo que yo seguía siendo sacerdote de San Miguel y que si quería me lo ponía por escrito. ¿Cómo se puede interrumpir la misa para esto? ¿Acaso se puede partir a Dios? Los trapos sucios se lavan en casa», señaló en elevado tono.

Fuera, un montón de pancartas anunciaban el comienzo de la concentración silenciosa organizada por los catequistas y que reunió a más de un centenar de feligreses en apoyo a Don Hilario: «Yéndote comienza el fin de San Miguel», aventuraban algunas.

 
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