Lunes, 6 de noviembre de 2006
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Nicaragua se dividió entre el voto útil a Montealegre y la fidelidad al sandinismo
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Los nicaragüenses volvieron ayer a abarrotar los colegios electorales para elegir presidente, vicepresidente, diputados y representantes en el Parlamento Centroamericano. Aunque el voto no es obligatorio, el índice de participación en este país -donde la cultura política de los ciudadanos sólo es superada por su calidez- siempre rebasa el 80% del censo. No parece que esta vez la cifra vaya a ser menor, pese a que en el padrón figuran miles de fallecidos y emigrantes, según comenta Emmet Lang, vicepresidente del Consejo Supremo Electoral, a las puertas del centro de votación del barrio del Carmen.

En este colegio electoral de Managua votaba temprano el candidato del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), Daniel Ortega, vecino del lugar. El ex presidente reside en una enorme propiedad (que incluye un campo de béisbol), expropiada al banquero Jaime Morales Carazo, quien, cosas de la política, es hoy su segundo de lista.

En el mismo centro se presentó Edén Pastora. Las encuestas le dan apenas un uno por ciento de intención de voto, pero el 'Comandante Cero' aseguró que «vamos a dar una sorpresa». Es difícil que los sondeos puedan equivocarse tanto, a pesar de que el güegüense (el disimulo) sea algo más que una manifestación músico-teatral de Nicaragua protegida por la UNESCO y forme parte de su idiosincrasia; al menos, ante las empresas demoscópicas.

El barrio del Carmen es un sector de clase media-alta, donde la mayoría de los entrevistados se decanta por el voto útil hacia Eduardo Montealegre, candidato de la Alianza Liberal Nicaragüense: una escisión del histórico Partido Liberal Constitucionalista (PLC) que domina el ex presidente Arnoldo Alemán. Así, Marga y José, una joven pareja, justificaban su decisión como un intento por frenar «el pacto Ortega-Alemán» que rige el país desde el 2000.

Pacto

Aquel pacto, fraguado para permitir que los sandinistas participaran en el Gobierno y facilitar cierta estabilidad política y económica al país, acabó convirtiéndose en un instrumento de Ortega y Alemán para acaparar los mecanismos de poder. Ambos líderes dominan los órganos legislativo, judicial y electoral, han modificado en su beneficio la Constitución y han limitado las atribuciones del aún presidente, Enrique Bolaños. Medios periodísticos y diplomáticos denuncian la manipulación en el reparto de las células electorales a favor de los sandinistas. Ortega tiene pillado por las gónadas a Alemán, quien disfruta gracias al primero de un controvertido permiso penitenciario. Pero el sandinismo cuenta con un voto duro y fiel, que representa a un tercio aproximado de la población. Porcentaje tal vez suficiente para recuperar el poder, gracias a la reforma (otra vez el pacto) que permite alcanzar la Presidencia con el 35% de los votos. Un buen ejemplo son los pobladores del Proyecto Che Guevara, construido por el gobierno revolucionario para alojar a militares mutilados en la guerra civil.

Pedro Romero era teniente del Ejército sandinista cuando perdió ambos pies y a cuatro compañeros en una emboscada de la 'contra'. Ayer fue en su silla de ruedas a votar por el Frente, en el que milita desde 1977. Romero echa pestes de la disidencia agrupada en torno a Edmundo Jarquín en el Movimiento Renovador Sandinista (MRS): «Un sandinista muere con el partido», dice, y da por bueno su sacrificio personal, al haber contribuido a aquel «primer paso para la democracia».

 
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