Martes, 7 de noviembre de 2006
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GIJÓN

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El arcipreste elude pronunciarse sobre la protesta de los feligreses de Pumarín
«Por el bien de la Iglesia, lo mejor será esperar a que las cosas se pacifiquen y clarifiquen», manifiesta Adolfo Mariño Catequistas y parroquianos de San Miguel acudirán el lunes al encuentro que el arzobispo celebra todos los meses con los jóvenes
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«Rezaré por este asunto». El arcipreste de Gijón y párroco de la iglesia de San José, Adolfo Mariño, elude pronunciarse acerca de las acciones que gran parte de los feligreses de San Miguel de Pumarín están llevando a cabo en protesta por la marcha de su vicario, Hilario Valdés. Mariño cree que «por el bien de la Iglesia, lo mejor será esperar a que las cosas se clarifiquen y pacifiquen».

El arcipreste explicó ayer que «al igual que los sacerdotes de San Miguel han optado por el silencio, eso es lo que yo debo hacer también». Aún así, sin entrar en polémica, quiso dejar bien claro cuál es ahora el camino a seguir: «La serenidad debe imponerse».

No obstante, los feligreses de Pumarín siguen convencidos en su causa. El objetivo, ahora, es conseguir que el arzobispo de Oviedo, Carlos Osoro, «tome cartas en el asunto». Por eso, han decidido acudir al encuentro que organiza cada mes con los jóvenes de Gijón. Está previsto que sea el próximo lunes, a las ocho de la tarde.

Los parroquianos piensan que «si don Carlos supiese lo que ocurre, no dejaría que pasase esto». Y están utilizando todos los medios a su disposición para que se conozca su situación. «Esta vez no nos callaremos. Hemos saltado con esto, pero llevamos muchos años aguantando», declararon.

El detonante, la marcha de Valdés, está provocado, según ellos, por el ex párroco y fundador de San Miguel, José García Loredo, de 82 años. El sacerdote tiene, a la vista de muchos de sus fieles, una idea de Iglesia «anclada en el pasado» y choca con el vicario, «que siempre propone actividades para los jóvenes y está muy unido a ellos». Su queja, dicen, no es ya para evitar el traslado de Valdés a Collanzo -el domingo asistió su última misa en San Miguel-, sino «para evitar que al próximo, aún no sabemos a quién destinarán aquí, le vuelva a pasar lo mismo».

La mayoría asegura que el malestar se remonta tiempo atrás: «Desde que don José se jubiló, hace trece años, hemos tenido infinidad de curas. No es posible que en poco más de una década pasen por aquí siete sacerdotes». Los feligreses critican «este baile de párrocos».

Voces discordantes

Están convencidos de que su labor «es la de un pastor y no puede realizarse correctamente si no tiene tiempo de llegar a conocer a la gente y poder desarrollar sus proyectos».

No obstante, otros parroquianos desaprueban «las formas» del grupo, que el pasado domingo abucheó dentro de la iglesia a su fundador. «No es justo que se trate así a alguien que luchó tanto por San Miguel. Puede que haya hecho cosas mal, pero con estos actos, los que protestan pierden toda la razón», opinan las voces discordantes.

 
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