Transcripción de la entrevista hecha en 1989 a Severo Ochoa por una alumna del IES de Luarca.
-¿Qué recuerdos guarda de su infancia?
-Muy gratos. Los principales están muy ligados con Villar. Villar representó algo muy importante en mi vida. Mi primera exposición a la naturaleza, mi entusiasmarme con la naturaleza, con la vida. En algunas ocasiones he dicho que mis andanzas por los acantilados, por las playas rocosas que están en estas cercanías contribuyeron grandemente a aficionarme a la biología por la cantidad de vida animal y vegetal que se veía en los pozos que quedaban con la marea baja entre las rocas y yo me pasaba horas y horas contemplando. Mis recuerdos de infancia están indisolublemente ligados no tanto a Luarca como a Villar.
-¿Cómo era su vida en Luarca? ¿Le gustaba pescar, subirse a los árboles como a los demás niños?
-Sí. Subir a los árboles. Me gustó una temporada cazar y luego me arrepentí porque me daba pena destruir vida. Pescar, pescaba, pero nunca fui buen pescador. Pero sí me pasaba horas y horas por los acantilados y por las playas observando la vida y la naturaleza. Siempre me gustó mucho la naturaleza.
-¿Sus padres le exigían mucho en los estudios? ¿Alguna vez le reñían?
-Si me reñían no era por los estudios porque, en general, fui bastante buen estudiante. Me reñirían por trapisondas.
-¿Guarda buen recuerdo de sus primeros estudios? ¿Eran muy duros los maestros de entonces?
-Yo no recuerdo que fuesen duros, pero me parece que eran buena gente en conjunto (risas).
-¿En su adolescencia soñaba con llegar a ser un hombre importante?
-Esa es una pregunta que quizás no la recuerdo muy bien. Sí tenía interés por hacer algo que mereciese la pena hacer y desde muy joven me interesé mucho por los estudios, por las Ciencias Naturales, cosa que debí en gran parte a un magnífico profesor de Química que tuve durante mis estudios de Bachillerado en Málaga. Recuerdo que empecé suscribiéndome a revistas francesas cuando era estudiante de tercer año de Medicina. Leía y estudiaba mucho durante los veranos, aparte de darme la buena vida y andar montes arriba y montes abajo y playas arriba y playas abajo.
-¿Cuándo se definió su vocación?
-En el Bachillerato. Quizá en los últimos años después de cursar asignaturas de Ciencias Naturales. Entonces, fue claro para mí lo que me interesaba.
-¿Qué les diría a los jóvenes que no tienen muy clara su vocación?
-Eso no es fácil porque quien no tiene clara su vocación, ¿cómo le incita usted a que la esclarezca? No es un consejo fácil de dar, salvo que si lee mucho, si estudia con interés; eso le ayudará a que le cristalice una vocación. Quien influye mucho en las vocaciones son los maestros. Hay muy poca gente autodidacta. Todos debemos mucho a nuestros maestros.
-¿Cree usted que hoy es más fácil saber de estudios de Biología?
-Es más difícil porque cada vez hay más y más descubrimientos. Tener un conocimiento profundo requiere mucho trabajo.
-¿Tuvo en sus años de estudiante momentos duros, tentaciones de abandonar la carrera?
¯No. Yo de muy joven era muy aficionado a la mecánica. Era capaz de montar y desmontar un motor de un automóvil. Y eso me hizo pensar en estudiar ingeniería, pero las Matemáticas no eran mi fuerte y pronto me convencí de que por ahí no iba a ninguna parte y además fue cuando me aficioné a las Ciencias Naturales y eso me hizo cambiar de camino.
-Con 26 años fue nombrado profesor adjunto en Madrid. ¿Cómo se encontraba usted de profesor?
-Yo creo que a gusto. Me gustaba enseñar y disfrutaba enseñando.
«Había de todo»
-¿Eran sus alumnos especialmente estudiosos y disciplinados?
-(Risas) Había de todo. Los había muy buenos y los había muy malos. Pero en la carrera de Medicina empezamos a estudiar unos 600, hoy son más, pero yo creo que 600 era una cantidad gigantesca. La mayoría era más bien gente del montón, ahora, había gente excelente, pero muy pocos.
-En el mismo año contrae usted matrimonio con doña María del Carmen. ¿Cómo conoció a su mujer?
-En realidad nos conocimos desde niños cuando teníamos siete años porque se conocían las familias. Tuvimos amistad durante muchos años, incluso una amistad que manteníamos por correspondencia. Estuvimos de novios casi toda la vida. Era una amistad muy sincera, muy intensa, que luego se convirtió en lo que se convirtió. El casarme con ella siempre lo consideré como lo mejor que hice en este mundo.
-¿Hablaba usted con su mujer de las dificultades y éxitos de su carrera científica o sus preocupaciones las dejaba en el laboratorio?
-No podía dejar las preocupaciones en el laboratorio. Las arrastra conmigo. Podía estar en un concierto fantástico y al mismo tiempo que escuchaba la música estaba preocupado por los experimentos que realizaba. Con ella hablaba mucho porque le interesaba mucho. Casi todos los días preguntaba cómo habían ido las cosas.
-¿Cree que hubiera sido igual el mismo investigador si no hubiera conocido a doña María del Carmen?
-Posiblemente no. Carmen influyó enormemente para que yo hiciese aquello que me gustaba hacer y que lo pudiese hacer sin otras preocupaciones porque ella me las quitaba del medio.
-Aparte de su matrimonio, ¿qué otros hechos o circunstancias fueron determinantes para su carrera?
-Fue mi vocación y mi determinación. Para mi fue bastante pronto claro que yo lo que quería era dedicar mi vida a la investigación científica. Eso no me cayó del cielo, me cayó de la personalidad científica mayor que ha tenido España y una de las mayores que ha tenido el mundo, que era don Santiago Ramón y Cajal y por las lecturas de sus obras, de su vida y consejos llegué a la conclusión de que yo no quería hacer lo que había hecho Ramón y Cajal porque eso es imposible, pero sí seguir su camino.
-Todo el mundo sabe que usted recibió el Premio Nobel por sus estudios del ARN pero, ¿investigó usted sobre otros temas?
- Hay dos tipos de ácido nucleico y por lo que a mí me dieron el Premio Nobel fue porque descubrí una encina capaz de sintetizar algo muy análogo al ARN. Los dos participan en la herencia y en procesos biológicos fundamentales.
-¿Los científicos en general son libres para dirigir sus investigaciones hacia unos u otros objetivos?
-Si no lo son, deben de serlo. Lo deseable es que al científico, una vez que define su interés, se le deje libre y seguir los caminos por los que quiere dirigirse.
-El Premio Nobel que le dieron en 1959 le proporcionó gran alegría. ¿Cómo se sentía después de haberlo recibido? ¿Más importante, con mayores responsabilidades?
-Si le digo la verdad nunca me sentí importante ni me sigo sintiendo. Pero el Premio Nobel fue algo agradable que me provocó gran satisfacción.