Martes, 7 de noviembre de 2006
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Singular
LAS ciudad ha experimentado en los últimos años notables cambios; se dice que es el espacio donde más se ha notado -pese a los excesos cometidos- tras la llegada de la democracia. Primero fueron infraestructuras básicas; luego, obras que mejoraron la calidad de vida con la construcción de centros de salud y escolares; más tarde, zonas de esparcimiento, áreas cada día más valoradas por una población que goza de más tiempo libre, para encarar después obras que suponen cambios radicales en la morfología urbana: levantamiento de vías férreas, salida de empresas industriales del casco urbano, recuperación de zonas marginales...

Pero no es menos cierto que al lado de los avances se han operado cambios que han sido un brindis al sol, fruto de la ausencia de un modelo urbano claro, al combinar, por ejemplo, peatonalización con total permisividad del automóvil, farolas 'post' con un renacimiento rancio expresado en la proliferación -como setas- de modelos que nos acercan al siglo XIX, o derribos increíbles compatibles con el mantenimiento de fachadas cuyo valor resulta cuando menos dudoso.

Y ahora inauguramos una etapa centrada en la creación de espacios ligados al sector servicios -definitivo monopolizador de la ciudad- y en la aparición del nuevo ídolo urbano: el edifico singular.

No hay ciudad que se precie que no intente disponer de tantos como sea posible. Cualquier elemento urbano que logre ese sello, goza de especial veneración cúltica, hasta resultar inmune a la crítica, sobre todo, si procede de una ciudadanía a la que se sigue considerando ignorante en materia urbanística.

Empieza a producirse tal inflación que, a este paso, lo singular derivará en simple moda convertida en habitual, para terminar en pura vulgaridad. Basta lograr que sea diferente, que lo suscriba una firma de prestigio en el mundo ideal y lejano del especialista y que se justifique con un discurso lleno de términos extraños para el personal.

Sé poco de arquitectura, pero resulta difícil entender la desproporción, por ejemplo, de la obra de Calatrava en Oviedo o alguna de las decisiones tomadas en Gijón.

Se nos presenta la singularidad con vocación de inmortalidad, muestra del gusto artístico y desinteresado de los poderes públicos y de su empeño por hacer de la ciudad un museo a cielo abierto, olvidando -quién sabe si por ignorancia o interés- que la ciudad sigue siendo un espacio de alto valor especulativo que responde al juego de la oferta y demanda y que toda operación urbanística mueve enormes intereses económicos.

En ocasiones la singularidad es, simplemente, la tapadera extravagante de serios problemas urbanos sin resolver y encubre la improvisación tras el papel celofán de la eternidad.

 
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