DANIEL Ortega sabía lo que se hacía cuando, hace dos años, se las ingenió para hacer aprobar una legislación electoral que rebajaba del 45 al 35 el porcentaje de votos que un candidato debería obtener (más un mínimo del cinco por ciento de ventaja sobre el segundo) para ganar la presidencia en la primera vuelta.
Según resultados no oficiales, pero fiables, el líder sandinista obtuvo el domingo un 38,5 por ciento, nueve más que el segundo, Eduardo Montealegre, y ya es presidente. Este esencial objetivo cumplido, sin embargo, no garantiza un cambio radical en el Gobierno del país ni da comodidad y margen de maniobra porque el Frente Sandinista es minoritario en un parlamento de noventa escaños muy troceado. El resultado prueba lo sabido: si los dos candidatos que se dicen liberales, Montealegre (Alianza Liberal) y José Rizo (Partido Liberal Constitucionalista) hubieran alcanzado un pacto sobre un sólo aspirante habrían podido ganar las elecciones y, en cualquier caso, tendrían segura una segunda vuelta en la que, en cambio, Ortega estaría poco menos que sólo porque Edmundo Jarquín, candidato de la disidencia sandinista con sólo un 7,5%, no sería un aliado seguro.
El resultado, pues, deja a un presidente cojo a la hora de gestionar y atado de pies y manos a la de legislar y deja un damnificado político de peso: Paul Trivelli, el embajador de los Estado Unidos, que ha gastado meses de esfuerzo en el trabajo de reunificar a cualquier precio a la derecha y el centro corriendo incluso el riesgo de ser percibido como un funcionario extranjero que se inmiscuye ilegítimamente en los asunto internos.
Es notable que Montealegre (el claro candidato de Washington) y Rizo no se hayan entendido y el hecho ahorra comentarios sobre el grado de indisposición política y personal entre los dos hombres y la grave crisis que afecta a la derecha desde que el viejo tronco del liberalismo, el Partido Liberal Constitucionalista fue herido de muerte con la conducta personal y pública del corrupto presidente Arnoldo Alemán.
Dicho todo esto, es de esperar que Daniel Ortega sea consciente de la fragilidad de su posición. Su vuelta al poder se produce cuando hay en Venezuela un régimen dinámico, rico y muy activo en la hostilidad a los Estado Unidos. El teniente coronel Hugo Chávez ha esperado abiertamente la victoria de Ortega y cuenta con él para reforzar el eje con Evo Morales en Bolivia y tal vez, con Eduardo Correa en Ecuador si consigue ganar en la segunda vuelta dentro de dos semanas.