Miércoles, 8 de noviembre de 2006
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CONTRAPORTADA

MANUEL ALCÁNTARA
Las nieves de antaño
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Se preguntó François Villon dónde estarían, pero algunos las asociamos con Paquito Fernández Ochoa, que nos las trajo desde Saporo, inmaculadas, ilesas, insistiendo en su blancura y sorprendiendo a los que sólo las conocíamos de vista, bien en las postales, bien en la sierra granadina o en el Guadarrama.

El clamoroso triunfo de Paquito me pilló en la redacción de 'Marca'. Allí brindábamos todas las noches, con Carlos Cronos, Pedro Sardina y tantos compañeros inolvidables. Gentes buenas que se divertían trabajando y que sólo aspiraban a ser lo que eran: unos periodistas de verdad.

A mí me tuvieron que explicar todo lo referente al esquí desde las primeras deslizantes letras. Sólo he tenido afición al boxeo y al fútbol, si exceptuamos a ese otro deporte que consiste en subirse a los taburetes de los bares, pero sentí un gran orgullo. Un niño de Cercedilla había vuelto con un edelwais transformado en laurel.

Decía don Pío Baroja que hay que tener un fondo de candidez para ser entusiasta del deporte. Al fin y al cabo su esencia consiste en proponerse unas dificultades que no existen, por el solo gusto de superarlas compitiendo con otros que se proponen lo mismo.

Desde los griegos hasta los tiempos del 'doping' ha sido lo mismo. Sólo la corruptora acción del dinero ha enturbiado esa «carrera en pos de la limpieza». Hasta perder la posibilidad de ser una especie de idioma universal donde lograran entenderse todos los países y todas las razas. Es decisiva la importancia de algunos grandes deportistas españoles en la moral colectiva, ya que el orgullo se delega.

Desde Blume, que permutó las alas por los brazos, hasta Indurain, pasando por Bahamontes, Santana, Ángel Nieto, Ballesteros y unos cuantos más, ellos, al mismo tiempo que hicieron afición, inventaron federaciones. Don Francisco Fernández Ochoa nos ha enseñado además a morir.

 
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