«¿A la rica castaña!» ha pasado de ser un grito de guerra a convertirse en la más sentida súplica de los profesionales del sector. El tiempo no acompaña y el en otras ocasiones anhelado fruto da ahora vueltas en los hornos de los puestos repartidos por la ciudad, esperando a que un comprador destemplado se decida a gastarse un par de euros. Las castañas pasan el peor otoño, en lo respectivo a ventas, que se recuerda. Y los que viven de ello no pueden hacer otra cosa que resignarse: «¿Qué se le va a hacer? La caja está completamente parada, pero la culpa no es de nadie», dicen.
Maribel Iglesias tiene su puesto en la calle de Uría, frente a la iglesia de Los Capuchinos. A las siete y media de la tarde, mira hacia el enorme montón de conos de papel que tiene preparado para envolver su material. «Ye la hora punta y no hay nadie en el mostrador. Gracias a Dios, tengo mi clientela y la tradición no se pierde. Pero, mientras estoy aquí parada, la bombona sigue tirando y eso cuesta dinero», lamenta.
Su piel enrojecida da fe de lo que cuenta: «Con este calor y al lado del horno, parecemos pollos, nos asfixiamos. Pero eso entra dentro del negocio. En todas las cocinas profesionales está el fuego encendido, es parte del trabajo, aunque cueste».
Por si fuera poco, este año «no hay mucha castaña, lo que hace que las tengamos que comprar más caras. A veces -reconoce-, vienen por el puesto para intentar vendértelas baratas, pero yo no me fío. Ya se sabe que la castaña, cuando pasa un día en el prau, pudre».
Al igual que ella, Berta González sólo compra en mercados que le ofrezcan «cierta garantía». Aunque esto, también tiene su desventaja: «Yo suelo ir a Mercasturias y los precios son como las patadas. El kilo puede variar de 1,5 a 3 euros». Berta trabaja en el puesto de su madre, en la plaza del Seis de Agosto desde hace más de 15 años. «Lo que hemos perdido, ya no lo recuperaremos. Nosotros tenemos licencia desde el puente del Pilar hasta finales de febrero, así que nos perjudica que el invierno se retrase», apunta. Sin embargo, no pierde el humor ni las ganas de vender: «Al principio nos llegaron algunas de fuera, muy malas. Las de ahora son de aquí y están buenísimas. ¿A partir de dos euros, las que tú quieras!», invita a sus clientes.
Otro veterano, Francisco Hinojosa, se ocupa del puesto de su mujer los martes y los jueves, «aunque, con este tiempo, apetece más comerse un helado que estar rodeau de castañes». Es necesario recordar, argumenta, «que esto no es más que un apoyo a la economía familiar. Tampoco te vas a hacer rico vendiendo castañas». No obstante, agradece la reticencia del Ayuntamiento a conceder más licencias: «El mercado no daría para todos y menos, un año como éste», concluye.