Al margen (o más allá) de los localismos primarios o futbolísticos entre Gijón y Oviedo, esos que se producen habitualmente entre ciudades de similar peso específico y caracteres diferenciados, capitalidad y productividad, cultura e industria, Madrid y Barcelona, Kioto y Osaka tenemos que reconocer que existen ¿ocultas? o quizás ¿latentes? unas cuestiones de fondo que finalmente hacen que afloren diferencias reales de enorme trascendencia. Pongamos el caso de la participación ciudadana: de qué manera los últimos años de la vida local gijonesa están macizados por elevadísimos niveles de participación, la voz prestada y escuchada a todo tipo de asociaciones. Nada de esto ha sucedido tradicionalmente en Oviedo: las decisiones vienen impuestas desde las instancias superiores y se ha creado un poso de «dejémosles hacer». Somos testigos de las mayores aberraciones urbanísticas que se producen en Oviedo y la respuesta ciudadana es el silencio, acaso con algunos murmullos en voz baja.
A nosotros, gijoneses, nos ha tocado vivir en un mar de dudas, de discusiones, de alianzas, una cultura urbana en la que todo es opinable y discutible, hasta la más objetiva de las certezas: si alguien proclama que un objeto es verde, enseguida se forma una plataforma de daltónicos opositores o, lo que es peor, de militantes anti-color-verde porque son anti-todo y cortarán el tráfico de la autopista o distribuirán folletos en tricromía convirtiendo su reivindicación en el único objeto de sus vidas y de las nuestras.
Lo confieso: He llegado a un punto en el que salto la lectura de esas páginas de información local en el periódico y este desinterés me priva, en ocasiones, de informarme de los aspectos que sí pudieran, acaso, interesarme. Algunos referidos al urbanismo, por ejemplo. Pero he sido víctima colateral de algunos de ellos, como (por citar un ejemplo) la sinrazón vencedora (porque el tiempo juega a favor del todo vale con tal de que no me lo hagas a mí) de la plataforma vecinal creada para evitar a toda costa la respetuosa y exquisitamente legal iniciativa de promover un restaurante para bodas y banquetes en Somió y la cobarde actitud del Ayuntamiento, en este caso, ha dado pie a que la ciudadanía piense que su voz demandante compulsiva no sólo es escuchada, sino que tiene un peso decisivo para hacer valer hasta el mínimo de sus caprichos o la más peregrina de sus ocurrencias. Puedo entender que haya personas que disientan de las alturas previstas para los edificios de Poniente o que no les guste la solución adoptada o que preferirían utópicos edificios invisibles o las aún no conseguidas luces sin sombras , pero no puedo asumir que, en una ciudad como la nuestra, se lancen acusaciones de prepotencia o de tratar de acallar las voces discordantes, cuando si algo se respeta en esta ciudad (y casi en exceso) es el exquisito cumplimiento de los cauces participativos y la atención a la opinión pública (y muy singularmente en este ejemplo que nos ocupa: harto estoy ya de amagos fallidos).
Ahora se quiere decretar la nulidad del Plan General con base en unas parcelas que son propiedad de la familia política de un concejal cuya honorable actitud personal, además, trata de impedir que tales fincas puedan beneficiarse de la aplicación objetiva (repito: objetiva) del reconocimiento de la realidad urbana en el crecimiento de una ciudad como la nuestra. La corrupción urbanística ha de ser perseguible hasta el final, caiga quien caiga, como lo han de ser todas las corrupciones (incluidos los 3%), pero esta persecución no ha de servir para frenar el urbanismo: entiendo que si la ciudad necesita que las fincas objeto de esa excusa patológicamente demandante que está posibilitando el minuto de fama de su iniciador, que si esas fincas -repito- han de tener una nueva calificación, esta ciudad no se puede permitir el lujazo de generar agujeros negros o grumos de vacío estúpido en su crecimiento. Participación, sí, pero ordenada. Transparencia total. Hay que seguir avanzando.
Supongo que debería terminar como empecé, para justificar el título, pero creo que no es oportuno y, además, sin querer, mi mente se dirige hacia una ciudad vecina y