Jueves, 9 de noviembre de 2006
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Los comerciantes de la calle de Juan Alvargonzález reclaman badenes como los del Polígono de Pumarín
«Podía haber sido una masacre si llega a seguir puesta la terraza», afirman testigos presenciales
Los comerciantes de la calle de Juan Alvargonzález reclaman badenes como los del Polígono de Pumarín
TESTIGOS. Enrique Gordillo y José Manuel Taboada, en la cafetería Abanicos. / JOAQUÍN PAÑEDA
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Los comerciantes de la calle de Juan Alvargonzález, donde anteanoche fue arrollado el entrenador de fútbol del Codema Pablo González, seguían ayer fuertemente impactados y sobrecogidos por la tragedia que aconteció a escasos metros de sus negocios.

María Ángeles Sánchez, propietaria de la cafetería Gaviria, era una de las personas más visiblemente afectadas. Incapaz de reprimir las lágrimas, aseguraba que «a nadie le gusta que alguien muera delante de su negocio».

Respecto a lo sucedido, ella y su hija Vanesa indicaban que «lo raro es que no ocurran más accidentes graves en esta calle, porque los coches circulan por ella a unas velocidades de vértigo». .

Sobre el fallecido, en cuyo auxilio acudió en el primer momento su marido Marcelino y otros clientes que estaban en el local a esa hora, señala que «era un chico muy majo y reservado, con aspecto de buena persona, que venía aquí casi todas noches y tomaba un agua y echaba unas monedas a la máquina tragaperras».

Enrique Gordillo, responsable de la cafetería Abanicos y testigo presencial del siniestro, recuerda que al escuchar el golpe del impacto de la furgoneta «pensé que se había caído el ventanal de una casa y cuando nos asomamos vimos un espectáculo desolador». El hostelero recuerda que se fijó instantes antes en que el vehículo «avanzaba a una velocidad exagerada, como si fuera un 'sputnik'».

Gordillo considera que el árbol amortiguó los choques posteriores, «ya que si no se hubiese entrado dentro del café Gaviria». Para este empresario fue una suerte que las terrazas se hayan retirado ya el pasado día 31, «porque si no podía haberse producido una auténtica masacre».

José Manuel Taboada, que tienen una peluquería en la zona, y el propio Enrique Gordillo aseguran que los comerciantes tienen pensado hacer una reclamación al departamento municipal de Tráfico para que se tomen medidas. «La única forma de controlar los habituales excesos de velocidad es que nos pongan aquí los mismos badenes que hay en el Polígono de Pumarín», reclaman.

El carnicero Carlos Sagardoy, que lleva 20 años viviendo en la calle del siniestro, también ve necesaria la instalación en su tramo de calle de «un semáforo de intermitencia». Este comerciante recuerda que «un paisanín ya murió hace tres años aquí atropellado por una moto y que en cuanto queda abierto el semáforo de Schulz aquí muchos piensan que esto es la entrada al Jarama o la salida de boxes».

Ramón Fuentes, propietario de El Pindal, fue una de las últimas personas que vio con vida al malogrado entrenador. «Tuvo muy mala suerte. Se puso a jugar a la máquina tragaperras y le tocó un premio de 30 ó 40 euros. En lugar de cambiar las monedas aquí se marchó inmediatamente a la cafetería de enfrente, delante de la que fue atropellado y todo el dinero quedó extendido por la acera», rememora el hostelero. Fuentes reconoce que el atropello, para el que tiene su propia teoría, «me fastidió el sueño».

Según este testigo de los hechos, «el menor que conducía la furgoneta en algún momento miró para atrás, porque venía una chica detrás en la moto, y al haber aparcado algún coche en doble fila aparcado pegó un volantazo y saltó a la acera».

 
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