Pablo falleció la noche del martes al miércoles al ser arrollado por una furgoneta. El conductor, menor de edad y sin carné, había robado el vehículo. O, al menos, así lo hizo constar su dueña en el atestado policial. Pero en el Polígono eran todo dudas. «No me lo creo», sentenciaban algunos.
El coordinador de fútbol del Codema, José Manuel Llompart, esperaba la entrada del féretro en la iglesia. Pablo le había ayudado durante los últimos años en las labores de organización de los equipos: «Era una persona llana, sin dobleces. Si me dicen que tenía un enemigo no me lo creo, porque era imposible».
La eucaristía estuvo cooficiada por el director del Corazón de María, Alfredo García; el párroco de El Coto, Fernando Fueyo; y el del Polígono, Eliecer Redondo. Todos ellos, ligados de uno u otro modo a la víctima.
La ceremonia no pudo tener un comienzo más emotivo. «Dos de sus niños», Eduardo y Alberto, jugadores del Alevín A del centro, se encargaron de la primera lectura. Y pocos contuvieron las lágrimas al escuchar la voz de los dos muchachos, de apenas 11 años. Sentado, les esperaba el resto del equipo. «Los prubitinos quisieron sentarse todos juntos», apuntaban sus madres.
Sin saber qué decir...
Alfredo García pronunció una sincera homilía: «Estamos aquí, casi sin saber qué decir. Lloráis por la ausencia y pérdida de alguien que ahora estaría con vosotros en los campos de Contrueces hasta altas horas». El sacerdote era consciente del sentimiento de impotencia que recorría la iglesia: «Pablo ha muerto de forma injusta y trágica. Su vida ha terminado rápida e inesperadamente. Es una muerte que ninguno entendemos, pero Jesús lo hará».
Alfredo García hizo un repaso por lo que había sido la vida de Pablo: «Me la imagino con muchos momentos de desorientación, de búsqueda y de labor. Ésa que quiso orientar a un servicio generoso y constante de la que fue su gran pasión: estar con sus niños y el fútbol».
El director del Corazón de María quiso también animar a la familia del entrenador a «seguir adelante y encontrar lo mejor de cada uno, que es lo que ahora nos gusta recordar de Pablo».
Y, aunque todos asintieron cuando el cura explicó que el motivo de la reunión era el de «dar gracias por su vida», las voces de los asistentes sonaron más fuerte que nunca en la respuesta a una de las peticiones, que rogaba «promover la paz y la justicia».
A la salida, de nuevo juntos, los alumnos de Pablo comentaban entre ellos los recuerdos que guardan del joven. «Ahora debéis salir al campo con más fuerza que nunca», les instó su anterior entrenador, Emilio Acebal.
Una cosa la tienen clara. Pronto organizarán un partido en su honor. Y, a partir de ahora, «si metemos un gol, se lo dedicamos», concluyó uno de los pequeños besando su mano y alzándola al cielo.