Viernes, 10 de noviembre de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA

MICROCOSMOS
Economía
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Mi mayor obstáculo para finalizar la carrera fue la asignatura de Economía. La daban en el primer cuatrimestre del primer año, y en ella saqué la nota más baja que ha adornado hasta el momento mis distintos expedientes académicos. Tras aquel rotundo fracaso no volví a pensar en ella hasta el último curso, cuando no me quedaba otra que retomar el libro grueso y antipático que desde el final de aquel cuatrimestre inaugural había permanecido relegado en el fondo de una estantería y cuando la marcha del profesor titular auguraba una piadosa indulgencia de despedida.

El aprobado me libró de tener que dedicarle más horas a una disciplina que, pese a lo que decían los encargados de inculcarnos su doctrina (auténticos 'freaks' de raya en medio y tirantes), se me antojaba una cosa abstracta, azarosa y poco o nada vinculada a la realidad de la que, se supone, deberíamos ocuparnos una vez incorporados a nuestros respectivos puestos de trabajo.

Ocho años después de aquella iniciación en la materia, sigo desconfiando de la Economía. O es una ciencia muy cínica o a mí las estadísticas no terminan de cuadrarme. Según los distintos índices (qué demonios será eso), España no va nada mal: el dinero del país crece, están bien gestionados y parece que no hay peligro a la vista, y debe de ser cierto porque ni siquiera el PP echa mano de esos datos para disparar contra el Gobierno.

Sin embargo, no hace mucho un montón de jóvenes se encerraron en una sucursal de Ikea para protestar por el precio de las viviendas, cada vez cuesta más llegar a fin de mes (el otro día dijeron en un telediario que la cesta de la compra para dos días alcanzaba ya los cincuenta euros) y muchos de mis amigos han tenido que enfrentarse a sus primeros créditos para sufragar gastos considerados básicos.

El nivel de vida ha descendido considerablemente, digan lo que digan, de unos años para acá; y sin embargo, en Nueva York, en Bruselas y en los lugares más recónditos -en esas reuniones en las que nuestros representantes se ponen las botas mientras intercambian tarjetas de visita con sus homólogos- todo son abrazos y felicitaciones porque la cosa va como nunca. A mi pesar, tendré que desempolvar otra vez el manual de Economía, porque -no voy a ocultarlo- cada vez entiendo menos.

 
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