Viernes, 10 de noviembre de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA

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Suaves ondulaciones
Stacey Kent hizo regresar a los espectadores que llenaron el Teatro Jovellanos al jazz romántico de los años 30, con momentos de mágica melancolía
Suaves ondulaciones
CONJUNCIÓN. Stacey Kent, apoyada en el piano, escucha las notas del piano de Graham Harvey, en un momento de la actuación. / P. UCHA
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Con ese flequillo romano, los ojos sonrientes y la gracilidad de una figura en la que asoma una leve barriguita, parece una adolescente traviesa envuelta en un halo romántico. Y cuentan que Stacey Kent ha sido así desde siempre, ya cuando en su patria norteamericana elegía para deleitarse musicalmente las melodías de los años 30 que ahora ella misma nos regala desde el escenario. Sin embargo, no estaba entre sus pronósticos el convertirse en una de las vocalistas más prestigiosas del jazz del siglo XXI. Su carrera se enfocaba hacia la literatura comparada, que siendo también un arte, corresponde a otro tipo de partituras.

Sería durante un curso literario de especialización en Londres que entraría en contacto con las musas de las fusas, y con el amor, todo a un tiempo, pues allí conoció al saxofonista y clarinetista que acabaría siendo su marido y que también la acompañó ayer sobre las tablas del Teatro Jovellanos, James Tomlinson.

Presentadora en la BBC de 'Las grandes leyendas del jazz', hoy ella es asimismo una leyenda, a la que se ha comparado con Ella Fitzgerald. Y algo hay de la cantante de 'Jazz at the Philarmonics' en la figura estilizada de Stace, aunque en versión menos poderosa. La poesía, la extensión del arco de la voz, la emoción y la intensidad. Todo eso se ofreció en la velada, junto a la elegancia que la crítica le ha asignado como seña de identidad.

La conjunción con Tomlinson se amplía más allá del anillo matrimonial y la voz y el saxo trazan dibujos compenetrados exquisitos.

No se quedaron atrás el pianista Graham Harvey, ni el batería Matthew Skelton, ni el contrabajo que pulsó David Chamberlain. El grupo estuvo a la altura de la protagonista.

Fue como regresar a un club de New Orleans -años 30, claro-, con un jazz que invitaba a mover cadenciosamente los pies y chasquear los dedos sin hacer demasiado ruido, al compás.

Por momentos, la melancolía se hizo mágica, al cuidado del delicado silabeo de quien sabe que el amor siempre se renueva, 'In love again', con alguna pieza divertida entremedias.

Jazz clásico, de suaves ondulaciones, en las que el saxo de Tomlinson adquirió protagonismo. La música con la que los norteamericanos salieron de la Gran Depresión y que ayer hizo también felices a los espectadores que llenaron el Jovellanos.

 
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