Sábado, 11 de noviembre de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA

HISTORIAS DE ESO
Los besos de perla
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Perla es mujer de otoño, de mirada caída y piernas apretadas para que nada se le escape, y como mujer de otoño que es le gustan los amores rancios y las caricias usadas y a mí ella me gusta un montón porque cuando viajo por su camiseta las axilas están siempre húmedas y tibias. Total, que me dice el otro día que se ha dado siete años más de besos y que después se dedicará a escribir cuentos para niñas sabias y a enseñar a tocarse a las mujeres reacias al toque, y, si se tercia, a participar en concursos televisivos y a beber más de la cuenta. Yo le digo que me parece mucho plan para una mujer con tendencia a la disipación y al jugueteo y va ella y me estampa un beso. «El primero de los cincuenta mil que pienso dar en los siete años que me quedan». Y se queda tan pancha. Yo le digo que, Perla, que no es tiempo aún de retirarse a los campamentos de invierno, que aún quedan muchos lápices que afilar, y ahí ella se pone a llorar como lloran las mujeres agresivas y me cuenta que hace dos meses se cruzó en el paseo del Muro con un surfero, todo neopreno, de pelo oxigenado y mojado, que aún no habría hecho la mili si hubiera habido mili que hacer, y que de inmediato quiso amarle y que como ya sé como es ella, que lo detuvo y que le dijo cuatro cosas de aquella manera y que volvió al día siguiente y al siguiente y que intentó seducir a aquel hombre de la tabla de colorines y que lo hubiera conseguido, Javier, tú sabes que lo hubiera conseguido, si no fuera porque su hermana, la carnicera, intentó disuadirla y porque sus amigas de ir al cine intentaron disuadirla y porque su hijo, golfista de ocasión, intentó disuadirla y que tanto intento de disuasión la disuadió y que aquí está, vencida y desarmada, formando filas con las mujeres que aún polvean los mofletes.

Perla deja de llorar y me dice que qué me parece y también dice que no hace falta que dé mi parecer y desliza sus brazos por mis hombros y me da el segundo de los cincuenta mil besos de sus próximos siete años, un beso largo que se desplaza de comisura a comisura y acaba en mi mentón y cuando me suelta le digo que lo que me parece es que nada será suficiente mientras no haya viejas verdes.

 
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