Las dos premisas de las que parte la Asociación Lírica Asturiana Alfredo Kraus son recordar la figura del gran tenor y fomentar la música y el canto. Abrir caminos futuros desde la revalorización y la huella del pasado. La asociación, que con tanto entusiasmo como generosidad dirige el inquieto aficionado José Carlos G. Abeledo, ha organizado el cuarto concierto homenaje a Alfredo Kraus. Del anterior, aún se recuerda como uno de esos recitales líricos de calidad excepcional el protagonizado, el año pasado, por el barítono bajo Simón Orfila. El concierto de anteanoche, con María José Moreno y Antonio Gandía, no le fue a la zaga.
El inconveniente de una gala lírica es que los cantantes se enamoran, se afligen, se alegran y hasta se mueren, casi tantas veces como arias interpretan. La ventaja es que las cualidades vocales se proyectan en un primer plano, prácticamente exclusivo, a lo largo del concierto. La voz predomina y domina.
María José Moreno destapó el tarro de las esencias, como dicen los taurinos, en la segunda parte, desde el recitativo aria y la cavatina de Bellini 'Ah, non credea mirarti'. No dejó de sorprender que esta cantante tiene un color anaranjado, cercano al timbre de mezzosoprano, pero una facilidad para los agudos que le acercan a la soprano ligera. En el transcurso del recital, su sonoridad se fue engrandeciendo hasta potencias inusitadas, sin perder el control de la emisión y la belleza interpretativa. Pasó de la corrección en las primeras arias de Donizetti y Gounod, a la emoción con Bellini; del entusiasmo con Rossini, del que nos ofreció una versión más natural de 'Una voce poco fa' que la versión estilizada de Jennifer Larmore, escuchada hace unos días en el Campoamor, a la apoteosis con Vives y Sorozábal.
Antonio Gandía, último de los cantantes del vivero krausiano en la Escuela Superior de Música Reina Sofía, estuvo impecable en seguridad, fraseo, volumen, matices y color desde el principio del recital. Timbre de tenor lírico, con una emisión que se ensancha acorde con las necesidades expresivas o sonoras.
Convenció desde la primera obra', el aria de 'La hija del regimiento', de Donizetti, 'Ah! mes amis'; recreó una versión bellísima de la famosa 'Una furtiva lacrima', y emocionó en un aria de 'Werther', de Massenet. No es un diamante en bruto, sino, al igual que María José Moreno, diamantes pulidos y grandes voces del mañana. El camino ya lo han emprendido.
Miguel Ortega dirigió con vitalidad, a veces excesivo nervio y cierto descontrol deshilachado en los volúmenes sonoros, a la OSCO, que cumplió su papel y puso calor y alma en una excelente gala lírica.