Ya me perdonarán mis amigos diseñadores, pero continúo sin comprender que el fuero sea más esencial que el huevo, aunque acaso pudiera ser más estético (y miren que los huevos son una perfecta figura geométrica, además de figura literaria). O que las zapatillas de marca alcanzaran mayores vértigos que los pies alados de Aquiles. O que los fonomóviles con carcasa labrada en un laboratorio artístico favorezcan una comunicación más elaborada entre dos enamorados distantes.
Debe ser que uno pertenece a la Galaxia Gutenberg, que acaso en estos tiempos se corresponda con estar en las Nubes de Magallanes, o sea, perdido en el espacio y particularmente en el tiempo.
Ya sé que incluso los hombres de las cavernas -según cuenta Arsuaga- utilizaban abalorios y que el gusto por el ornamento del entorno es tan viejo como las cuevas de Altamira.
De otro lado, tampoco ignoro que las artes avanzan que es una barbaridad y que apenas distinguimos ya el arte del comercio del arte propiamente dicho, por más que no siempre coincidan en cualidades y se reserve el primero a las cantidades de beneficios contantes y sonantes. El ocio es un buen negocio.
Con todo, ya digo, uno prefiere la densidad de las letras que no son de cambio. Y ni siquiera tengo predilección por la letra gótica. En cuanto a los ordenadores, me conformo con que no se queden colgados. Menudo cuelgue.