El autor de 'Breviario del vino', rodeado de botas de jerez, en la penumbra ascética de una bodega, brinda un ejemplo de lucidez detrás de otro: el atento desapego por los fastos de su 80 aniversario, que disimula con ilustrada corrección, es seña inequívoca de que tanto halago a destiempo no le ha privado de su proverbial capacidad crítica, de su atenta indiferencia por el elogio facilón y previsible. A José Manuel Caballero Bonald, con la experiencia pesándole en la conciencia, no le duelen prendas para reconocerse «agradecido» por los agasajos institucionales que se han sucedido estos días, pero también recalca que «le hubieran venido mejor antes». De la admiración cortés al vasallaje interesado media una distancia considerable, y él sabe distinguir perfectamente entre la fascinación sincera que provoca su vida y su obra; y el panegírico formal y protocolario en que devienen, en algunos casos, las buenas intenciones.
-En los tres días de este reciente congreso sobre su figura ha recibido halagos de todo tipo. ¿No está un poco harto?
-Por una parte me siento conmovido, pero por otra he de admitir que tanto elogio me hace sentir abrumado, incómodo, agobiado. Por eso decidí no acudir a la mayor parte de los actos programados en el Congreso, sólo a las lecturas poéticas. No me parecía correcto asistir a mesas redondas en las que se disecciona mi propia obra, o a las semblanzas que pretendían dedicarme. Era, en cierta forma, estar expuesto a lo que dijeran de mí. Insoportable, ciertamente.
-Benjamín Prado le agradeció que nunca hubiera tenido la «impertinencia de darle un consejo». ¿No hay nada que decirle a los jóvenes?
-Prefiero que se equivoquen solos. En todo caso, únicamente cabe una recomendación, pero es tan obvia... Que lean, que sean buenos lectores. Luego, que empiecen a escribir y, con empeño y talento, que empiecen a romper...
-¿Se arrepiente de algo?
-Una larga vida supone cometer errores, claro. Algún que otro traspié, como es natural... Pero no hay nada que me produzca un especial remordimiento de conciencia. Eso no lo tengo, no. He cumplido, mal que bien, con ciertas fases de mi vida, quemando etapas, literarias y humanas, pero todas eran necesarias.
-Uno de los afanes del congreso era definir su obra. ¿Es posible?
-Es posible aproximarse. La definición exacta... es muy compleja. Supongo que marcar las líneas generales de lo que he hecho, de mis preocupaciones estilísticas, sobre todo, de lo que entiendo por literatura, de mi indagación en el lenguaje, de mi pensamiento moral... sí es posible, aunque sea resaltando únicamente sus rasgos más relevantes.
-También se ha dicho de usted que su producción literaria es fruto de alguien perdido en su existencia...
-Tiene cierto sentido. He estado constantemente intentando abrirme camino, pero la literatura no es un oficio que se aprenda con el uso, sino, primeramente, un ejercicio constante de instrucción vital. En eso estoy. La prueba es que a veces me pierdo y dejo de escribir. Ése es el motivo de que sea un autor intermitente, que puede pasarse largas temporadas sin trabajar. Tengo algunos colegas que se sienten intranquilos, desasosegados si no pueden escribir. Yo lo hago cuando tengo ganas y salud. Decía Juan Ramón Jiménez que él creía en la inspiración, pero que no se fiaba de ella. A mí me ocurre igual. Cuando siento la facilidad para escribir, me pongo a ello, pero luego dejo reposar el texto unos días, a ver qué tal me siento al releer lo escrito.
-Por seguir con los ponentes, Armas Marcelo aseguró que su mujer, Pepa Ramis, le ha salvado de su afán autodestructivo.
-A Pepa le debo bastante. Estoy de acuerdo con Juancho. Él ha sido compañero mío, de muchas andanzas, de aventuras y nocturnidades, como mucha gente de mi generación, bebedores y dados a la disipación. Cuando me casé, esta compañera me hizo recapacitar un poco, trabajar más. Empecé a tener hijos, y no es que haya tenido infinitos... pero eso obligó a reorganizar la casa, de manera que me permitían poco salir por ahí. Fue beneficioso, qué duda cabe.
-Ha conocido a la mayor parte de las figuras literarias españolas de la segunda mitad del siglo XX. ¿A quién recuerda con mayor agrado?
-A José Bergamín, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti... Entre el grupo del 27 tuve grandes amigos. Siento veneración por Cernuda, y por Juan Ramón Jiménez, a quien no conocí, pero que fue mi primer maestro.
-¿Y de quién no quiere acordarse?
-Bueno... de algún pobre diablo al que mejor es no mencionar.
-¿Qué nombres representan actualmente una cierta esperanza para la literatura española?
-Hacía tiempo que no leía a los muy jóvenes. No me refiero a la generación de Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero, Carlos Marzal, sino a los más jóvenes todavía. He descubierto recientemente a un par de ellos que están haciendo del lenguaje un motivo de trabajo personal, de indagación, de buscar algo más a través de la palabra, una forma de aproximarse a la realidad, desde un punto de vista crítico...
-¿Por qué ese desinterés por la novela?
-Porque no encuentro ningún tema, ningún autor que me atraiga especialmente. Hace tiempo que no la trabajo y creo que nunca volveré a escribir una.
-¿Se escribe mejor contra algo que a favor de algo?
-La literatura tiene algo de defensa, contra los agravios de la vida. Creo que sí. Cuando intento defenderme de algo con lo que estoy en desacuerdo, la uso como arma.
-Su nombre suena para el Cervantes...
-Si me lo dan, maravilloso. No me parecerá mal. No pierdo el tiempo pensando en esas cosas. Si me lo dan, estupendo, es un premio a la constancia. Si no, pues nada.
-¿Volverá en Bonald poeta?
-He dejado pasar ocho años sin escribir un poema, pero de pronto recupero súbitamente la fe en el verso. Es lo que más me satisface, porque todo lo que quiero decir cabe en la poesía. También estoy reuniendo el material, sobre todo, en la memoria, para abordar el tercer tomo de mi biografía, que abarcaría desde la muerte de Franco en adelante.
-¿Hay alguna clave para llegar a los 80 años con su lucidez?
-Estoy hecho un vejestorio. Lo mejor para ser longevo es no privarse de nada.