Luis Alonso Calleja mantiene la tesis de que el desarrollo urbanístico que ha seguido España en los últimos años se caracteriza por «un crecimiento sostenido desde el punto de vista económico, pero poco sostenible desde el punto de vista energético y social». Este desajuste lo ilustra explicando que en los últimos 25 años la población española ha aumentado aproximadamente un 20%, mientras que las zonas urbanizadas lo han hecho en un 100%.
El arquitecto catalán asegura que la expansión de la ciudades españolas en forma de mancha de aceite, a base de chalés adosados, «ha resultado absolutamente contraproducente, porque no ha contribuye a crear ciudades compactas». A juicio del experto, si no se rompe esta tendencia el resultado es «la creación de ciudades y barrios aburridos, monótonos, uniformes y, en una palabra, sin vida». El ejemplo más claro de esta forma de concebir el urbanismo sería el modelo de Estados Unidos, «que convierte al ciudadano en esclavo de su vehículos y crea guetos al disociar por completo el lugar de residencia, el del trabajo y el de ocio».
Mezcla de usos
Para evitar la tentación de seguir haciendo ciudades absurdas, Alonso promueve volver a las raíces mediterráneas de las ciudades españolas, «donde todo estaba íntimamente interrelacionado y se podía cubrir a pie». Y en esa labor -defiende- puede desempeñar un papel relevante la edificación en altura en determinadas zonas, «porque plantea la posibilidad de establecer intensas mezclas de usos para hacer ciudad».
La apuesta por edificios de viviendas cada vez más altos también aporta a su juicio ventajas medioambientales. La tesis es que esa concentración en determinados puntos implica menos desplazamientos en coche, lo que supone reducir la emisiones contaminantes.
«Hay que vencer el temor ancestral a la altura, la película de 'El coloso en llamas' ha hecho mucho daño», concluye.