Se requieren músculos entrenados y una dosis de hielo en las venas sólo apta para los mejores. Mirar a través de una mirilla la cabeza, el corazón o el estómago de otro ser humano cuya vida depende de un ligero movimiento de tu dedo genera una adrenalina tan perversa que el francotirador termina por convertirse en el ángel dueño de la muerte. En el dios de los infiernos.
Más que las bombas, más que el frío o el hambre, lo que realmente aterrorizaba a los ciudadanos atrapados en el asedio de Sarajevo eran los francotiradores. El paisaje de la ciudad destrozada se vestía de monstruos invisibles, apostados en cualquier rincón con visión privilegiada sobre plazas y fuentes, te miraba y elegía el momento de tu caída final. Como en un juego de azar macabro, su ojo de cíclope determinaba a quién le correspondía caer sobre las aceras rotas en aquel segundo definitivo que separaba la vida de la nada.
Muchos, a cambio de unas monedas o un minuto de gloria, permitían las 'visitas' de los periodistas a sus garitas e incluso apostaban sobre cuántas sombras caerían aquel día bajo el decisivo poder de su mirilla.
Imitar a Dios ha sido siempre la gran aspiración del mono pensante a que nos condujo la evolución. La destrucción del planeta, por muy de cerca que nos toque, pertenece a un colectivo sin identidad definitiva, sin apellidos, sin olor corporal, pero decidir si el anciano encorvado, el niño que corre o la mujer embarazada que cruza la calle no volverán a respirar, eso sí genera una sensación de poder tan fuerte como para mandar toda la evolución a las cloacas.
En Gaza, el Gobierno israelí ha apostado en los tejados a una partida de cíclopes para aumentar el pánico civil. Tal vez a estos soldados entrenados para el asesinato en frío los premien, al final de la jornada, con una medalla, una buena pensión vitalicia o una dosis de algún psicotropo capaz de hacerles olvidar para siempre que el cuerpo abatido desde su mirador de falso dios era un ser humano.
Los generales nazis que divertían sus horas de hastío en los campos de concentración o en los tejados que vigilaban el gueto de Varsovia tampoco disparaban sobre personas, sino sobre 'perros' con falsa apariencia humana.
Alguien debería contarles, a los cíclopes y a sus dueños, que todo tiene un precio. Al cíclope le corresponderán las pesadillas y hasta la locura, cuando regrese a su falsa vida civil; a los gobiernos, el tributo histórico de la infamia; a los pueblos que lo consienten, el castigo de vivir, ellos y sus descendientes, mirando eternamente a su espalda para comprobar si les alcanza la larga sombra de la venganza.