HA pasado algo más de una semana desde que las oficinas de dos entidades financieras extranjeras fueran registradas por la Guardia Civil. Y a lo largo de estos días los directivos, los empleados y los clientes de estos bancos no han recibido una explicación que justifique tan desproporcionada intervención. Una ilustración semejante están esperando los directivos de Fibanc, un banco cuya sede central en Barcelona fue registrada hace casi diez años por la Guardia Civil mientras su entorno era rodeado por varios números del cuerpo, perfectamente uniformados y con metralletas. Al parecer, tal despliegue de las fuerzas del orden tenía como objetivo conseguir el nombre del titular de unos pagarés, unos títulos emitidos por el Tesoro y que se hicieron muy populares en los años ochenta porque ofrecían una rentabilidad menor que la del mercado a cambio del anonimato de sus titulares.
Los jueces, que tienen la facultad de enviar a la cárcel antes de juicio a quienes hubieran cometido presuntamente un delito, si su libertad pudiera provocar alarma social, son muchas veces los que provocan innecesariamente ese tipo de alarma. Esa sensibilidad para detectar una posible alarma social deberían tenerla también presente a la hora de poner en marcha sus actuaciones. No pueden ignorar que el negocio financiero se basa en la confianza de la clientela y que la entrada como un elefante en una cacharrería de los guardias civiles para proceder a un registro puede acabar con el negocio de una entidad o dejarlo herido de muerte. La justicia se debe aplicar de forma implacable, pero ello no tiene nada que ver con ignorar y despreciar las normas sociales y económicas.
El Banco Espirito Santo y el BNP Paribas no son chiringuitos financieros, sino entidades de carácter internacional debidamente registradas en el Banco de España, cuyos responsables últimos nunca podrán eludir la acción de la Justicia. El objetivo de hacerse con algún documento antes de que pueda ser eliminado no explica de forma suficiente que las actuaciones tengan siempre que producirse a media mañana y que se desarrollen en el horario de mayor presencia de público.
Da la impresión muchas veces de que en un firmamento de jueces-estrella las actuaciones judiciales forman parte de un trailer en el que los protagonistas intentan atraerse el mayor público posible aun a costa de sobreactuar. Y esto no es bueno.