EL triunfo del Partido Demócrata en las elecciones legislativas del pasado martes en EE.UU resultó tan contundente que, obtenida la mayoría en el Congreso y el Senado, los vencedores se ven obligados a corresponsabilizarse del nuevo rumbo a que apunta la política norteamericana nada menos que a dos años de las presidenciales próximas. El presidente Bush reaccionó a una derrota que apunta directamente a su gestión formalizando la dimisión del titular de Defensa, Donald Rumsfeld, así como ofertando el ineludible diálogo que deberá procurar con los legisladores demócratas en torno a los temas de la agenda presidencial, desde el conflicto de Irak a los nombramientos judiciales, el futuro del sistema sanitario o el desafío energético. La cohabitación entre el presidente republicano y las cámaras demócratas puede brindar frutos positivos que, además, resultarán imprescindibles para que el propio Bush pueda salvar algo de su controvertido segundo mandato. El pasado martes los electores dejaron claro que no confían en el Presidente para conducir hacia un final satisfactorio la intervención estadounidense en Irak; y que quieren actitudes y políticas más centristas, tanto en el exterior como en el ámbito doméstico. La nueva mayoría demócrata se plantea ahora dar inicio a distintas investigaciones sobre los recientes y numerosos escándalos que han salpicado a la Administración Bush. Mientras los republicanos tratarán de apurar el tiempo de que disponen hasta que se conforme la legislatura para apuntalar alguna de sus iniciativas. Pero de igual modo que un ataque implacable contra Presidente desde el poder legislativo constituiría un error -habida cuenta de las prerrogativas que mantiene en el ámbito ejecutivo y de sus atribuciones de veto sobre la legislación- resulta obligado que Bush proceda a reconocer el triunfo demócrata y a asumir el cambio de rumbo renunciando en lo inmediato toda iniciativa que le enfrenta radicalmente con la nueva mayoría.
Ante los demócratas se abre una gran oportunidad para alcanzar la Casa Blanca en 2008. Sobre todo si consiguen aunar y moderar sus propuestas y guiarse por un espíritu de consenso, tras comprobar que sus electores son más centristas que las bases del partido. Por ello los legisladores demócratas deben descartar la salida inmediata de las tropas norteamericanas de Irak, porque contribuiría a desestabilizar la región. Su verdadera prueba programática será demostrar que es posible revisar a fondo la estrategia y los medios empleados en el combate global contra el terrorismo, tal y como probablemente recomiende el informe que se hará público sobre esta cuestión, coordinado por el republicano James Baker y el demócrata Lee Halmilton. El cambio de rumbo debería completarse con la aportación a esa nueva estrategia global de socios europeos como Tony Blair y Angela Merkel. EE UU es la «nación indispensable» en el convulso mundo del siglo XXI. Pero necesita recuperar legitimidad moral, escuchar a sus aliados y evitar impulsos unilaterales.