«Pasamos mucho miedo, encañonaron a un compañero y mandaron a otro tirarse al suelo; fue todo muy rápido, pero nos temíamos lo peor». Una de las empleadas que vivió el asalto desde el interior de la oficina destaca que «los atracadores, sobre todo el que se quedó en la puerta, daban muchas voces para que nos mantuviésemos quietos y para que no accionásemos el botón de alarma». La mujer relata además que «el temor no se nos fue cuando se marcharon los atracadores, porque como dejaron una supuesta bomba en la puerta estábamos todos con muchísimo miedo».
Dulce Álvarez, encargada de una tienda de ropa de la calle Corrida, se libró «por segundos» de que los dos atracadores le amenazasen con pistolas, como hicieron con el resto de clientes que se encontraban en el interior de la oficina bancaria. «Justo cuando estaba entrando en el banco me crucé en la puerta con dos hombres que salían dando voces; pensé que eran unos locos, pero al ver la cara de la gente que estaba dentro me di cuenta de que algo gordo estaba pasando», relata. La mujer describe a los atracadores como «dos hombres no muy mayores. Por lo menos uno de ellos hablaba en castellano, pero con un acento que no parecía español. Uno vestía con ropas oscuras y el otro llevaba algo claro, una chaqueta vaquera o algo similar». Al acceder a la zona de mostradores, Dulce Álvarez se encontró «con la gente atónita, con cara de susto y sin comentar nada; todavía estaban en estado de 'shock'».
Tensa espera
Al cabo de unos segundos, «empezaron todos a ponerse muy nerviosos, incluso a una de las clientas le dio un ataque de ansiedad y una trabajadora empezó a llorar. Pasas más susto después que en el momento del atraco. Luego bajó el subdirector del piso de arriba y empezó a tranquilizarnos a todos».
La bolsa que los ladrones colocaron en la puerta, con un artefacto simulado, impidió que los clientes pudiesen salir a la calle. «Nos tuvieron allí media hora hasta que vinieron los expertos en explosivos y nos mandaron subir al piso de arriba; luego pudimos salir por una puerta que da a la calle Corrida», explica Álvarez. «En todo ese tiempo no dejó de sonar el teléfono del banco porque ya se había extendido la noticia», añadió. Esta mujer pudo llamar por el móvil a mis compañeros de la tienda, «y pensaron que les estaba gastando una broma».