En apenas quince días, la sidrería La Carreña cerrará sus puertas para siempre. Han pasado más de 84 años desde que sus fundadores, un matrimonio de Candás, apostase por El Natahoyo para ubicar el negocio, famoso por sus centollos. Ocho décadas de recuerdos en los que el barrio ha experimentado un cambio notable, la ciudad está «irreconocible» y los vecinos son diferentes.
Testigos de esta evolución son las fotografías que aún cuelgan en la pared y que mezclan pasado y presente de la villa. La plantilla de un Sporting de 1985 comparte espacio con la de la temporada 2005/06, distribuida con EL COMERCIO. En el resto de las imágenes, amigos, lugares y momentos para recordar.
Muere el local, pero no su espíritu. Los clientes de La Carreña no se quedarán huérfanos: todo el personal de la sidrería se trasladará apenas una manzana más arriba, a la calle de Travesía del Mar.
«Van a construir»
«Esto lo van a tirar para construir y necesitamos un sitio más amplio y cómodo, pero queremos seguir estando en El Natahoyo», explica el responsable del histórico chigre desde hace una década, José Luis Pandal. Es conocedor de la fidelidad de aquellos que llevan frecuentando La Carreña desde niños: «Además, conservaremos a las cocineras, los camareros y la limpiadora».
Pero, por mucho que todo apunte a que el cambio será a mejor, Pandal no puede ocultar el orgullo que siente al recordar lo acaecido entre esas cuatro viejas paredes. «Una vez entraron a atracarnos dos hombres: uno con escopeta y el otro con un cuchillo. Le quité el arma al primero y los eché. No lo consiguieron», recuerda esbozando una sonrisa. «Hemos sido un chigre un poco atípico, nunca vendimos carne ni pescado, sólo marisco. Y la cosa ha funcionado», añade. Ahora, dice, comienza otra etapa: la sidrería se moderniza y cambia de nombre. Pero la regla fundamental de La Carreña seguirá en vigor: «Aquí te atienden bien si cumples las normas del jefe, que es muy temperamental», ironiza.