Francisco Labarga no pegó ojo en toda la noche de ayer. Tenía aún el susto en el cuerpo y fue incapaz de conciliar el sueño. La imagen del hombre que le había amenazado horas antes con una pistola se le repetía una y otra vez. Este trabajador de la sucursal de Banesto en la calle Corrida fue el principal damnificado del atraco a mano armada del pasado martes en el que dos ladrones se apoderaron de un botín de 12.700 euros. Le apuntaron directamente con una pistola y le gritaron para que se apartase de los fajos de billetes que en ese momento se disponía a introducir en el búnker de caja.
Ayer, narró a EL COMERCIO el violento episodio desde su casa de Somió, apenas unas horas después de que un médico le expidiese una baja laboral por dos semanas para recuperarse del estrés que le ocasionó el robo con fuerza. Se da la circunstancia de que Labarga sufrió hace apenas dos años un infarto de miocardio y que, además, fue víctima de otro atraco de similares características hace quince años, cuando trabajaba de cara al público en una sucursal de Hermanos Felgueroso. No está para grandes sobresaltos.
«En el momento del atraco no me puse nervioso, fue más tarde, cuando me empecé a dar cuenta de lo que realmente había sucedido», explica. Lleva 31 años formando parte de la plantilla de trabajadores de la entidad bancaria y el azar le ha convertido en víctima de un atraco por dos veces. El martes acudió a la oficina a primera hora de la mañana. Fue poco antes de las diez cuando vio entrar «corriendo y dando voces a un joven de entre 25 a 30 años, que sacó una pistola de un macuto que llevaba y me amenazó con ella; a mi compañero le obligó a tirarse al suelo y a mí me gritó para que me apartase. Fue todo muy rápido; metió el dinero que había encima de la mesa en una especie de bolsa y me dijo que le abriese la caja fuerte. Le contesté que estaba cerrada y entonces se fueron corriendo. No estuvo apuntándome con la pistola todo el tiempo porque la retiró para guardar con las dos manos todos los billetes».
«No eran de aquí»
Labarga no tiene duda de que «las pistolas eran de mentira, se veía a la legua, pero ante la duda ninguno de nosotros nos atrevimos a plantarle cara a los ladrones por miedo a equivocarnos y que pudiésemos sufrir algún daño». Labarga considera que «el atracador que se acercó al mostrador estaba incluso más nervioso que los propios trabajadores, se le veía que estaba en tensión».
El hombre saca fuerzas y humor de donde puede para apuntar que «la situación llegó incluso a ser cómica, porque parecía mentira que unos atracadores con pistolas falsas nos estuviesen llevando todo el dinero». Se muestra incluso convencido en cuanto a la procedencia de los atracadores. «No eran de aquí, se notaba claramente que eran sudamericanos, podría incluso apostar a que el que me apuntó con la pistola era uruguayo o argentino, porque conozco los acentos y puedo diferenciarlos», dice.
En su huida, los ladrones dejaron colgando una bolsa en el pomo de la puerta de salida. «Era una especie de bandolera que se iluminaba; yo también intuía que el artefacto era de mentira como las pistolas, pero no nos dejaron acercarnos por precaución», relata.
A Francisco Labarga le vienen a la cabeza recuerdos del anterior atraco. «Fue un cliente del banco, que entró con una media en la cabeza y me amenazó con un cuchillo. No llegó a salir de la oficina porque lo cogieron en la puerta», rememora.
El trabajador recibió a lo largo del día de ayer numerosas llamadas de compañeros, amigos y familiares que se interesaban por su estado.
Él repite con aplomo: «Estoy bien. Sólo necesito tranquilidad». La procesión y el susto van por dentro.