M. RODRÍGUEZ MADRID
Marcelino, el tabernero de 'Amar en tiempos revueltos', es un personaje que ha cobrado mayor protagonismo en la telenovela de TVE-1 ambientada en plena posguerra española. Detrás de este hombre bonachón, en cierta medida dominado por su mujer, Manolita (Icíar Miranda), hay un trabajo de creación dramática del actor Manuel Baqueiro, madrileño oriundo de Galicia que a sus 28 años ha hecho una esmerada carrera en el teatro y que colgó un día la toga de abogado para apostar por la interpretación. Fue descubierto en la pequeña pantalla tras realizar la serie 'Capital', en la autonómica Telemadrid.
-¿Qué hace un abogado metido a actor?
-Acabé Derecho e incluso tuve un trabajillo durante un año, pero no estaba nada contento conmigo mismo; es más, me encontraba al borde de la depresión. Siempre me había gustado el teatro como aficionado y empecé a estudiar Arte Dramático, compaginando las clases con trabajos de producción. Ahora estoy encantado porque cuando no eres feliz con tu trabajo vives frustrado.
-¿Ha sido un camino difícil el de la interpretación?
-Cuando veo a otra gente pienso que he tenido suerte. Hay actores que tienen que vivir de otros trabajos porque este es un oficio complicado. Yo me lo planteo como una carrera de fondo, y a cada uno le llega el momento cuando le llega. Pero hay que saber aprovecharlo.
Heridas en los dos bandos
-Marcelino es una persona buena, pero también algo apocado. Da la impresión de que quien lleva los pantalones es su mujer, Manolita.
-Marcelino es un 'calzonazos', para qué nos vamos a engañar. Manolita le tiene como el palo de una escoba. Pero es una gozada trabajar con Icíar; hay buena química entre los dos. Además, tanto Marcelino como Manolita saben hasta donde pueden llegar; él traga con muchas cosas, pero al final los asuntos importantes los deciden entre los dos. Y a Marcelino le gusta dejarse llevar. ¿Que si me parezco a él? Desde luego en eso no, porque tengo mucho carácter. Pero sí me encuentro cercano a él en otros rasgos. Marcelino es un niño que no ha terminado de crecer, bastante soñador. No renuncia a muchos ideales y es leal a sus amigos, a pesar de la época en que le toca vivir. Todos ponemos algo de nosotros mismos a los personajes.
-Y se arriesga en una época en que ayudar a alguien podría traer las represalias del Régimen.
-Arriesga aunque con miedo, porque no es el paradigma del héroe. Pero tira para delante.
-¿Cree que siguen existiendo dos Españas?
-Me temo que sí. Pero creo que esas dos Españas nos las venden los políticos, de un lado y de otro. En la guerra hubo mucho enfrentamiento, de unos y otros. Hoy, para ser claros, hay una España que representa el PP y otra el PSOE. Existe una agresividad entre ellos que no la percibo igual en la calle. Por ejemplo, toda esa tensión que se ha producido con el Estatuto de Cataluña. Luego voy a Barcelona y me encuentro como en casa, no hay esa tirantez. Hay que exigir responsabilidad a los políticos porque lo que dicen en público, en el propio Congreso, influye en los ciudadanos y se terminan por desquiciar las cosas.
-¿Qué le parece que la televisión refleje ahora aquella época, casi por primera vez en una serie?
-Hay que perder el miedo a contar las historias de aquel tiempo, en concreto de la posguerra. Puede que cierta gente piense que es mejor no revolver las cosas porque se pueden dañar sensibilidades, pero yo creo que la manera de superar nuestra historia es contarla y no mirar hacia otro lado. Por otra parte, la serie refleja distintas clases sociales y pensamientos políticos. Las heridas han estado en los dos bandos.
-¿Usted tenía idea de lo que fue aquella época o la está descubriendo ahora?
-Lo que hemos estudiado y lo que te cuenta la familia. Pero hemos hecho todos un trabajo de documentación, porque tienes ciertas ideas, pero hay asuntos que vas descubriendo. La gente mayor nos dice por la calle que les gusta la serie porque ve muchas situaciones de entonces reflejadas.