Sábado, 18 de noviembre de 2006
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ECONOMÍA

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Un tipo con suerte
Milton Friedman, premio Nobel en 1976 y el economista más influyente de la segunda parte del siglo XX, dejó un importante legado
Un tipo con suerte
NOBEL. Milton Friedman, en 1976, cuando ganó el Nobel. / AP
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Fue el economista más odiado, pero también el más influyente y admirado en la segunda mitad del siglo XX. Milton Friedman (Nueva York, 1912), asesor de los presidentes Nixon y Reagan y premio Nobel en 1976, murió anteayer a los 94 años, a consecuencia de una dolencia cardiaca, en un hospital próximo a su casa de San Francisco. Tras de sí deja una obra provocadora que defiende el liberalismo a ultranza y desmonta algunas ideas muy extendidas sobre la actuación de los agentes económicos.

Pocos intelectuales han acumulado tantos éxitos como este judío descendiente de una familia que había emigrado a finales del XIX desde el imperio Austro-Húngaro y que en la nueva tierra prometida pronto demostró su capacidad para vivir siempre al filo del desastre económico. «Las crisis financieras fueron una compañía constante», recordaba Friedman en un artículo autobiográfico para la Fundación Nobel. Las dificultades aumentaron cuando su padre murió poco antes de que él terminara el Bachillerato. Meses después, EE UU se sumía en la Gran Depresión, así que sus hermanas mayores debieron ponerse a trabajar para sacar adelante la familia. Él tuvo más suerte: gracias a su brillante expediente académico obtuvo una beca y pudo estudiar Economía en la entonces modesta Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey. Más tarde se doctoraría en Columbia, en Nueva York.

Para entonces, se había casado con una muchacha a la que había conocido en Rutgers, cuando ambos competían por ser el más brillante de su promoción. El matrimonio ha durado 68 años y Rose ha sido, además de esposa, coautora de muchos de sus libros.

Friedman llegó como profesor a la Universidad de Chicago en 1946, en un momento en que la doctrina de Keynes, partidario de la intervención decidida del Estado en la economía, era admitida como verdad absoluta. Durante toda su vida, el futuro Nobel se dedicaría a defender exactamente lo contrario, pese a que se confesaba admirador del pensador británico. «Keynes planteaba en 'Teoría general del empleo, el interés y el dinero' una hipótesis bellísima y realmente alteró el devenir de la ciencia económica. Pero resultó que era una hipótesis equivocada», comentaba con ironía en una entrevista reciente.

En Chicago, Friedman creó escuela. Bajo la dirección de aquel joven profesor que acababa de defender una tesis doctoral en la que concluía que el sistema de regulación del acceso a la profesión médica encarecía el sistema de salud -y que le valió duras críticas del gremio, hasta el extremo de que la aprobación de su trabajo estuvo en peligro- pronto se formó un grupo de jóvenes profesionales que habrían de extender sus teorías por toda América en las siguientes décadas.

Un torrente de ideas

Durante años, siempre ayudado por Rose, fue desgranando sus teorías: los precios son un fenómeno monetario, de forma que si se restringe la cantidad de dinero en circulación se frenará su ascenso; los impuestos indirectos son más justos y eficaces que el Impuesto sobre la Renta; los sindicatos han ayudado muy poco a mejorar las condiciones laborales y el nivel de vida de los trabajadores y ha sido el mercado quien más ha hecho por ellos; las regulaciones de los sectores económicos sólo generan ineficacia y derroche; el Estado debe tener el menor tamaño posible para que se favorezca la actividad económica y el reparto de la riqueza.

En su libro de memorias, Rose Friedman cuenta que la vida de su marido ha sido algo parecido a un cuento de hadas, porque cuando se disponía a jubilarse y ser sepultado por el destino más común entre los académicos, el olvido, primero fue nombrado asesor del presidente Nixon y más tarde recibió el premio Nobel. Al tiempo, sus discípulos comenzaban a ser reclamados como asesores por muchos gobiernos. Él mismo fue llamado por Pinochet para poner en orden la economía chilena cuando aún no se habían apagado los ecos del golpe de estado y la represión estaba en todo su apogeo. Aquello le valió numerosas críticas y le hizo muy impopular entre los grupos de izquierda de todo el continente.

A comienzos de los 80, protagonizó una experiencia insólita: la de explicar sus propuestas en una serie de programas para la televisión. Con su estilo sencillo y una nada desdeñable capacidad histriónica, Friedman fue a la economía en televisión lo que años antes había sido Bernstein a la música clásica: un gran divulgador. Pero la cumbre de su carrera fue un encargo de Ronald Reagan, recién llegado a la Casa Blanca. Quería que diseñara la parte económica de la 'revolución conservadora'. El antiguo actor de cine recibió una catarata de propuestas: desregular todos los sectores intervenidos, liberalizar el comercio exterior, reducir los impuestos, ordenar el sector educativo mediante la entrega de un cheque que los padres destinarían al pago del colegio que eligieran para sus hijos, restar poder a los sindicatos y los organismos de control... Reagan no hizo caso en todo lo que Friedman le aconsejaba, pero éste tuvo una seguidora inesperada al otro lado del Atlántico: Margaret Thatcher aplicó también las doctrinas del fundador de la Escuela de Chicago.

Retirado de todos los cargos desde finales de los ochenta, Friedman seguía trabajando y levantando su voz: reclamando que se desmonte casi en su totalidad el Estado del Bienestar para acoger mejor a los inmigrantes, proponiendo que se entregue a los trabajadores un bono por el importe íntegro de su pensión futura para que cada uno lo gestione como quiera, oponiéndose a la guerra de Irak y enfrentándose así al Partido Republicano con el que se identificó toda su vida.

En su casa de San Francisco no paraba de escribir, preparar conferencias y artículos, debatir con alumnos y disfrutar de la vida junto a Rose. Olvidadas ya las críticas por lo que algunos entendieron como apoyo a regímenes dictatoriales, son muchos los que han terminado por reconocer que no pocas de sus doctrinas se han revelado eficaces pese a lo que tenían de rupturistas y provocadoras. Friedman recibía esos reconocimientos halagado y feliz. Su esposa Rose había dado la mejor definición de ambos en el título de sus memorias: 'Dos personas con suerte'.

 
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