EL filósofo, historiador y escritor británico David Hume, máximo exponente del empirismo británico, era escéptico en materia religiosa, pero no por ello dejaba de asistir cada domingo a la iglesia y comentaba:
-Es importante que haya gente que se crea lo que cuenta. Yo no creo en nada. Pero escucho los sermones porque me encanta ver que todavía hay gente que se cree lo que dice.
Traigo la anécdota a colación porque estamos en periodo preelectoral. Entiendo que es importante que haya gente que se crea lo que se cuenta en los discursos y que se sienta alterado o admirado ante las palabras que nuestros líderes políticos se intercambian. Yo tampoco creo en nada. Pero escucho las frases de márketing de los discursos premitineros y la crispación del intercambio de opiniones porque me encanta comprobar al día siguiente entre mis compañeros de trabajo y mis amigos como todavía hay gente que se cree lo que dicen.
Con la edad todo esto se acentúa. Lo sé porque escribo este artículo en el día de mi cumpleaños. Suficientes, los que cumplo, como para recordar que fui con Susana Pérez-Alonso a escuchar el mitin de 'La Pasionaria' al estadio de los Hermanos Antuña de Mieres cuando se postulaba en las primeras elecciones de entonces. Ya de aquélla no creía en nada. Pero seguí sus palabras rebotadas contra las gradas por una mala megafonía que alteró los nervios del perro de mi amiga y, de paso, alteró los propios del cuerpo de seguridad interna del partido, porque me encantaba encontrarme entre el público a personas de la edad de quien hablaba y que habían sufrido en su propia carne buena parte de las heridas que la democracia venía a cerrar y creía por ello cuanto decía desde el palco.
E insisto en que la edad lo acentúa porque recuerdo la tensión de aquellos primeros mítines de los primeros días del juego democrático cuando Adolfo Suárez estaba rompiendo España a los ojos y las palabras de tanta gente. Sería fácil decir que poco ha cambiado todo. Que la vida sigue igual, como nos recordaba ya por entonces un cantante camino de ser figura internacional. Pero no es cierto, lo veo cada día por la mañana cuando me comenta otra amiga -a la que esta vez me callo-, haciéndome partícipe de las ideas que sostienen sus creencias viejas a partir de la línea editorial de su periódico de siempre. Lo intuyo, también, cuando se ríen a sus espaldas de sus comentarios otros que los escuchan y que, por el contrario, creen a pies juntillas en todo lo contrario.
Hace un par de años, mi amigo José Luís Santos, organizador de las Jornadas de Montaña, trajo a su novia a cenar a casa y no cenó porque había costillas de cerdo y era musulmana y los de su casa no le enseñaron de pequeña, como a mí los de la mía, que «onde fueres fai lo que vieres». Yo no sólo no creo en nada, sino que mucho menos en las costillas de cerdo, pero me encantaba, y me sigue encantando, comprobar que hay gente que cree en ellas. Prueba de ello fue que le mostré mis fotos del interior de la mezquita de la Kotobyya de Marraquech, una de las más sagradas para los musulmanes como ella y a la que tenemos vedada la entrada los infieles como yo. Su pasmo y consiguiente alteración fue tan grande como el que advierto ante la prensa de cada día por parte de los defensores de la idea del nuevo desgarramiento de España a que nos está conduciendo el descafeínamiento ideológico del presidente Zapatero.
Cuando cuento esta anécdota hay quien me dice que fui un maleducado. Seguramente tienen razón, pero al no creer en nada, y mucho menos en la sacralidad de una mezquita en la opinión de alguien que por el contrario visita la catedral de Uviéu y ni yo ni el mismísimo deán ni el Magistral de 'La Regenta' si regresara de las páginas del libro de 'Clarín' y comprobara lo poco que había cambiado su Vetusta, no me resulta ser maleducado con alguien que lo es conmigo con la disculpa de su religión, su cultura o la opinión de la asociación de vecinos de su portal.
Como parte de la crispación preelectoral siento a mi citada Susana Pérez-Alonso en una tertulia de la radio pedir la dimisión de dos altos jefes de su partido, Javier Fernández y Jesús Gutiérrez, porque lleva tiempo expedientada del antedicho partido, sino expulsada a estas alturas de la publicación del artículo. Y la llamo para decirle que la apoyo y ella se ríe porque sabe que no creo en nada y si apenas pintan los que son del partido, como ella, calcula de qué sirve el apoyo de los que no lo son siquiera.
-¿En algo creerás? -le dijo a David Hume el sacerdote que venía a darle la extremaunción-.
-Sí -le contestó-, creo en ti que has seguido siendo mi amigo desde que estudiamos juntos en el colegio y estás aquí a mi lado en mi lecho de muerte.
Yo, que no soy filósofo, ni historiador, ni escritor británico, no espero más que poder decirle lo mismo en las mismas circunstancias a un amigo. Sé que es pedir mucho. Por eso entiendo que sea más fácil encontrar la compasión de una religión o la afinidad de un partido. Aun no creyendo en nada.
Bueno, en los amigos. Se puede seguir creyendo en los amigos aun no creyendo en nada. Porque ellos son alguien y, de no haberlos, serían nadie. Nunca nada.