En la dictadura, en los pueblos y aldeas de España, tenía plaza y mando el alcalde, el cura, el médico, la Guardia Civil y el maestro. Actualmente, en esta instaurada Monarquía de países periféricos independientes, el alcalde, el cura, el médico, las fuerzas del orden y el maestro gozan aumentados de idénticos privilegios pasados. Ahí está la reciente y breve (brevedad en conseguir sus propósitos económicos) huelga de galenos y sus golosas peticiones económicas: significativo aumento de sueldo cercano al millón de las antiguas pesetas mensuales. Mientras, los podrán seguir ejerciendo libremente su actividad en la consulta privada, su verdadera y sustanciosa fuente de ingresos. Aducen éstos, además, que el esfuerzo y los años de estudios realizados merecen justa compensación retribuida, alusión inconsciente con connotaciones religiosas: a través del sufrimiento entrarás por la puerta grande en el reino, en este caso terrenal, de los cielos.
Por consiguiente, un empleado socialmente considerado humilde -peón de la construcción, peón caminero, camarero, etcétera- debe descender diariamente a los infiernos del trabajo duro y mal retribuido, sufrir en su carne las inclemencias meteorológicas, abusos de sus superiores, injusticias, etcétera, de por vida, sin obtener por ello compensación, al menos terrenal, alguna.