Sábado, 18 de noviembre de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA

LA MIRADA CRÍTICA
La duda como estímulo
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La gran encrucijada del juicio crítico de nuestros días es habitar los lindes de un duro análisis diario, que obliga a batallar entre las obras verdaderas y las estafas. La pasión por el arte nos suele obligar a discutir con extremistas de toda índole, desde aquellos ignorantes que consideran absurdos el cubismo o el minimalismo hasta quienes hacen dogma de fe de la mediocridad posmoderna, disfrazándose de futilidades, 'arte-por-el-arte', énfasis juveniles y otros argumentos, sin orden ni concierto. Dura batalla la del analista, que con frecuencia agota fuerzas y sentidos.

Pero la cosa no es nueva. Hace décadas que las artes visuales se desviaron hacia terrenos donde una crítica basada únicamente en la estética no tiene sentido. Ya a principios de los sesenta, Greenberg se preguntaba por qué el expresionismo abstracto atraía tantos imitadores o por qué algunos líderes de aquel movimiento estaban copiándose a sí mismos. La palabra ética es importante, aquí y ahora. Ética y estética, bajo el denominador común de la honestidad y el trabajo, no suelen ser frecuentes.

Afortunadamente, partiendo del conocimiento de la historia y el momento vivido, es decir, obviando inútiles discusiones acerca de dicotomías ya caducas (figuración/abstracción, calidad/mercado...) hay personas que distinguen bien el genio del camelo. No parecen ser muchos, habida cuenta las reacciones de artistas, galeristas, críticos, jurados y espectadores en las diversas ferias internacionales o en las inauguraciones cotidianas de nuestra amada periferia astur, donde el 'glamour' también suele marcar las tendencias expositivas al uso.

Pérez-Reverte denunciaba recientemente la Feria de Basilea por defender el 'todo vale'. «A lo mejor», decía, «es que no se hacer mis propias 'performances'. O que soy un reaccionario y un cabrón, y cuando me dicen que tan artista es Duane Hanson como Boticelli, o que un bosque envuelto en papel 'Albal' por Christo es tan fundamental en la historia de la cultura como el pórtico de la Catedral de Reims, me da la risa locuela». Pérez-Reverte, que a pesar de su ritmo narrativo no es santo de mi devoción, tiene razón y es consciente de que nunca fue tan difusa como ahora «la frontera entre el arte y la gilipollez». Pero eso tampoco es suficiente porque, como dijo Aristóteles, los grandes conocimientos generan las grandes dudas.

 
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