A María de los Sufrimientos no le gustan sus labios, por finos, ni los hombres desnudos. Al primero de sus disgustos dice que le va a poner solución el próximo miércoles a base de silicona, pero que así como un kilo, no menos. Respecto del segundo la cosa es más difícil porque según ella y salvo yo, que me dice que tengo culo duro y torso de amante abrazador, que el resto es como para no mirar, para no nada.
Pero yo, me dice que cuando le hablo la engatuso y que si la miro con ojos de mafioso, que entonces que bueno, que todo, que para qué quiere más. Y que luego está ese halo de misterio que Dios te ha dado y tus manos sin canto, peludas y suaves, que saben más de mí que yo misma, me dice, y que le parezco hasta alto.
En cuanto al resto de los hombres, para María de los Sufrimientos son extrañas criaturas que orinan de pie con la cabeza gacha, extrañas criaturas de aliento poco recomendable, gente adormilada, extrañas criaturas que cazan o andan en bicicleta y hablan alto y emiten sonidos guturales entre signos de admiración cuando andan juntos y se dan palmadas en la espalda y alguno dice cabrón. En cambio tú, Javier, eres adorable, sí, no quito una letra: a-d-o-r-a-b-l-e-. Y deseable, sí, deseable, amable, tocable, besable. Eres, me dice María de los Sufrimientos poniendo la boca así y con las manos abiertas, my dream come true y también eres my way y my everything, y cierra los puños y mueve los hombros como si fuera una chica Cugat, con los ojos entornados, o como María Móntez o como Rita Hayworth, y me susurra cha-cha-cha al oído mientras casco el último pistacho y estoy por creer que María de los Sufrimientos no es digna de su nombre y me acuerdo de que dejé encendida la luz del cuarto de baño.
«Javier -me dice-, ¿puedo hacerte una pregunta?» Y porqué no iba a poder hacerme una pregunta la mujer que acaba de decirme que sin mí el mundo no es mundo ni es nada. «¿Tengo que pedir permiso a la comunidad para poner una puerta blindada?». «¿Tienes miedo?». «Tengo miedo de que entre un hombre». «Creo que tienes que pedir permiso». «Pues entonces no la pongo». «¿Y qué pasa con los hombres?». «Ya veré lo que hago», y me pellizca la mejilla y me hace daño.